Los años de Gloria

Publicado: 27/11/2014 17:21 por Fran Ignacio Mendoza en Relatos
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Los años de Gloria

 

 

I

 

 

Gloria se sentaba cada atardecer, en el embarcadero del río, mirando hacia la isla de la momia, cuando sabía que ya todos los bañistas y paseantes hacía una media hora que habían comenzado su retirada.

Las tardes de verano, desde la hora de la siesta, Gloria, se encerraba en el doblao ensayando sus monólogos frente al viejo espejo de la cómoda de la tía Florentina, viendo en el reflejo de su imagen a una gran cómica, para ello elegía minuciosamente de  dos arcones que revolvía y revolvía para luego volver a colocar, los mejores chales de las bisabuelas, algún mantel deshilachado, colchas desgastadas, pañuelos de Manila , andrajos  - cómo decía Tía Rosa-  Hija parece que te luce ponerte esos zarrios…

Se ataviaba posteriormente con distintos abalorios, hasta con  cadenas de candados, escapularios y  viejos rosarios y así, se iba alternando, supliendo  a veces varios personajes.

Inventaba sus propias historias a medias entre la improvisación y la rutina de repetir escenas para ella logradísimas, sin llegar jamás a confeccionarse algún guión, ni siquiera sabía lo que era eso entonces; se aplicaba en sus argumentos y así iba definiendo a sus personajes, entre ensayo y ensayo, estaba claro que había una fuerte influencia del mundo que ella vivió en su niñez, las cosas que le contaban sus tías y las que oía a las vecinas, cuando hablaban con su madre, mientras ella se hacía la “soncona” o fingía estar ausente, papel que se le daba a la perfección.

Los explícitos cuentos que su madre les había repetido en múltiples ocasiones, cuando eran niños, también le servían para aderezar su creatividad.

Se le iban así las tediosas tardes de agosto, cuando el calor aplasta las cabezas al mediodía, como si abrieran el postigo de la vieja tahona del cielo ardiendo sin panes.

Así se escapaba de su realidad, con la siempre inoportuna interrupción de su hermana segunda Gracia, que con la excusa manida de traerle recados, que  más bien eran órdenes  militares de su madre,  tareas que bien podían esperar unas horas, tales como fregar los platos, espantar a los pájaros con una vara para evitar que lo dejasen todo perdido con sus excrementos, ir a recoger espigas con una cesta de mimbre y cosas que a veces, no sabía muy bien por qué le parecían normales, -costumbres estrafalarias de la prima Valentina que su madre había aceptado por corrientes - mientras sus padres se echaban a siesta.

Gracia jugaba en el patio con Merceditas, la pequeña de las hermanas, bajo la sombra de la higuera, con muñecas despeinadas y mancas, o se entretenían en vestir al niño – como lo llamaban por el hecho de ser el menor y varón, y aunque su nombre era para ella precioso, Ismael, siempre fue el niño hasta bien entrada la pubertad- con papeles de colores y pintarle la cara como a una mona de feria…De hecho montaban circos bajo la camilla…

 Gloria, entonces disfrutaba del silencio monótono que las cigarras entonaban a lo lejos, del suave siseo de sus hermanos, y el crujir lento y ronco del somier de sus padres.

 

II

 

 

Se miraba en el espejo y no se veía tan parecida como decían a su abuela Áurea de joven, su pelo negro y ondulado, sus ojos canela oscura, y su figura delgada y esbelta, ya más alta que su madre, por el contrario, Áurea de joven había sido muy bella y el color de sus ojos de un verde oscuro le daban siempre un aire misterioso a su semblante, pero es cierto que también había sido alta y delgada y que sus facciones quizás, ahora deformadas por la edad, habrían sido muy parecidas a las suyas… pero ella no tenía esa mirada fría y misteriosa que ojalá hubiera heredado.

 El color de los ojos de abuela Áurea, decía mucho de ella, de la mujer seria y  distante que era, tanto que jamás quiso ser la madrina de ningún nieto, aunque su nombre que se consideraba bellísimo, no fue puesto a ningún descendiente estando ella en vida. Por eso, a ella le pusieron Gloria, en recuerdo de su abuela materna y que nunca llegó a conocer; murió un año antes de que naciera, de un cáncer de mama.

 A Gracia, le pusieron ese nombre, por una hermana de padre, la tía Gracia, que  casó muy joven, con un militar de  Cáceres, Un hombre taciturno y desfigurado por la viruela, por lo que siempre se le veía reculando en  las reuniones, buscando la sombra... Ramiro el “Chaparro”, así se le conocía entre sus enemigos, al que destinaron a  la base aérea de  Gando y a los que no volvió a ver hasta  la boda de la prima Valentina.

Merceditas, con ese nombre de princesa de cuento, siempre fue una niña callada y obediente, jamás protestaba ni hacía que nadie se incomodara, todo lo contrario, facilitaba todo a los demás, de  llanto repentino e irrefrenable la mayoría de veces  por las mofas de su hermana Gracia y el chinchar continuo de Ismael. Acabó casada con un buen muchacho de Zorita, hijo de labradores y ya desde recién casada, además de dedicarse a sus tareas domésticas, ayudaba a su marido donde  y cuando podía echar una mano en el campo: en el vareo de la aceituna, la recogida del algodón y jaramagos.

  Y por último, a su hermano pequeño, el niño, le pusieron Ismael, gracias a Dios pensaba, porque su madre había estado empeñada durante todo el embarazo en ponerle el nombre de su tío-abuelo Luciano, tan protector siempre, que tanto les ayudó de recién casados, pero a nadie le gustaba su nombre; así que al final se decidieron por Ismael, por un hermano que murió al mes de nacer y del que iba a ser padrino el abuelo Guillermo, que fue un hombre muy culto, lector asiduo, y con una vida social intensa, el polo opuesto de su hijo, el padre de Gloria, decía abuela Áurea, que al final de sus días no se hablaba ya con el abuelo, y le hacía dormir en el cuarto de los huéspedes, nunca se supo desde cuando ni por qué.

Su hermana Gracia, era traviesa y coqueta, dos años menor que ella,  uno más que Merceditas y tres años mayor que Ismael, muy parecido a su padre según decía él, un niño introvertido y tímido, jugador solitario, gran creador de juegos increíbles, tales como darles protagonismo a las piedras que guardaba como si fueran juguetes, y siempre absorto en sus fantasías, en eso, se parecía mucho a ella, por eso le tenía un cariño muy especial; no es que a Gracia y a Merceditas  no las estimase, sí, las quería y mucho y a Merceditas por ser tan delicada, la defendía ante cualquier problema o pelea con sus amigas o compañeras de colegio; Gracia, en cambio, era un poco su rival de puertas adentro, Gloria se acostumbró en desempeñar ese papel de hermana consentidora, riéndole las gracias a veces, aunque otras,  le sacaba de quicio con sus travesuras y mentiras.

 Gracia, cada vez se parecía más a su madre, con los ojos castaños que también Ismael heredó. Los suyos, según decía su madre, Lorenza, eran idénticos a una sobrina suya que murió con tres añitos, hija de tía Rosa: la niña Dora.

 

III

 

 

 Gloria Se refrescaba en la querida y antigua jofaina, de la abuela Áurea, para la que siempre procuraba abastecer de agua llevando algún cántaro de las aguaeras, antes de que lo vaciasen en el bote.

Se sentó a descansar un poco y contemplar la sierra azul y difusa por la calima, la sierra desde donde traían el agua dulce, tan fresca, cargando a la burra Romera con los cántaros rebosados, Romera, la burra del abuelo Guillermo, su abuelo, el  padre de Lorenza.

Le gustaba pensar en estas cosas en las tardes pesadas de agosto, cuando el sueño invencible derrite las cabezas…Los rumores lejanos y el sudor aturden ligeramente, aletargando cualquier movimiento y sólo se aguarda en la quietud, a que el calor sofoque la tarde y se extinga con la brisa del atardecer. Con el soplo tibio en el rostro despertó Gloria cuando ya el sol emprendía su caída tras los eucaliptos. Miró el reloj de pared, al que ella cuidaba de dar cuerda y limpiar el polvo cada sábado; se apresuró al ver que era media hora más tarde de la acostumbrada para su paseo.

Volver de noche no le hacía mucha gracia, menos aún, cuando le venía a la cabeza el suceso ocurrido el año pasado con Andrés, el pastor, que una vez que como hoy se retrasó, al verla venir por el camino de La Laera, sin que nadie más se viera en la calle, le pidió su ayuda  para entablillar una pata que se había roto una chiva; le hizo entrar al establo, cerrando el portón tras de sí.

Andrés, no era muy mayor, debía andar por los treinta años, pero para una chica de catorce, todo aquél que pasara de los dieciocho ya era mayor; no obstante, siempre había mirado a Andrés con un poco de desconcierto, un impulso al que no sabía ponerle nombre: puesto que era atractivo y atlético y de alguna manera, le atraía confusamente… Aunque no sabía si eso que sentía era atracción. Era todo impensado.

Se acercaron a la chiva y al estar tan cerca, se ruborizó Gloria, sintiéndose indefensa y a la vez disimulando intentaba estar atenta a las instrucciones que le iba dando Andrés. Notó el brazo de él rozando el suyo y sintió un escalofrío por todo el cuerpo, procuraba no rozarle, pero así dificultaba y entorpecía  el trabajo de Andrés, y la chivita cuanto más tiempo la mantuviera sujeta de mala manera, más sufría.

Así que decidió que debía ser eficiente y borrar de su mente las incómodas sensaciones que estaba experimentando. Imposible, pero al menos pudieron acabar de entablillar la pata del animal. Reinó durante unos segundos un silencio que cortaba el aliento, y más aún, cuando los ojos de ambos se encontraron mientras recogían las tablas y cuerdas que habían sobrado. El sudor empapaba el pecho de Andrés, corría hacia abajo por la camisa medio abierta. Apartó sus ojos, como si hubiera pecado, luchando contra la contrariedad y extrañeza de sus pensamientos. Andrés se encaminó hasta un rincón donde los animales bebían, y arremangándose, se lavó las manos y se refrescó la cara y el cuello. Visto desde su perspectiva, era como una imagen cinematográfica, con los hilos de luz que entraban a través de las rendijas posándose sobre su piel húmeda y resaltando los claroscuros. Andrés, mirándola desde allí, le invitó a que se lavase las manos.

-          Las chicas no deben ir por ahí oliendo a cabra…-se rió- divertido-

Ella ante el ofrecimiento se quedó como un ajo tieso en el inte, se limitó a sonreír apenas, sin dejar de acariciar a la chivita.

 Andrés, después de agradecerle su ayuda, le ofreció un tazón de leche, pero ella lo rechazó diciendo que nunca había bebido leche de cabra, y que quizás, un día con ganas la tomaría, pero en ese momento no tenía sed ni deseaba probarla. Sentía arcadas, pero no podía decírselo. Lo que casualmente estaba pensando era en sentirse abrazada por él, incluso oliendo a leche de cabra y sudado. Se asustó de ese deseo, tanto, que  se disculpó con prisas súbitas por la hora que era ya. Sus pies se convirtieron en patines y su corazón era una caja de música dislocada… Un corazón de hojalata dando traqueteos.

Miró hacia atrás, y observó a Andrés cerrando el portón. Volvieron a cruzarse sus miradas. Y echó a correr, volando ya como Aladino sobre la alfombra mágica…

 

 

IV

 

 

Andrés, según se había oído, era un ex-legionario, que se alistó por despecho tras el desprecio que le inflingió María, hija  de tía Rosa Franco, que después de mantenerle dos años de noviazgo a la espera con devaneos y postergaciones amorosas; un día le espetó a la cara que estaba encinta, y que no sabía quien era el padre, pero que aceptaría por parte de él que formalizasen la relación y llegar a nupcias. – Mira Andrés, no quiero dar una campaná en el pueblo… Andrés no se opuso, como bien dice la tía Rosa, era un buenazo de los que no ya  existen, y aún así, consintiendo todos los desaires de la prima, jamás rechistó ni puso mala cara.

-Un buen hombre y además, alto, guapo y serio. –Decían sus tías Rosa y Florentina-

Al final, el embarazo solo fue un retraso en el tío Benito –la menstruación-

 En la casa de los Franco, la mayor era Rosa. Una mujer de carácter fuerte y que con el tiempo se hizo mucho más dominante, quizás por las desgracias que le fueron sucediendo, enviudó dos veces, su primer marido murió de una infección pulmonar siendo aún  muy joven, del que tuvo casi todos sus hijos, después de dos años de luto, se casó con otro viudo y fue un  matrimonio feliz pero muy corto, el tío Manuel, al que mataron unos vecinos, un padre y su hijo, con los que iba a pescar muy a menudo, sin saberse bien porque motivo le tenían una envidia enfermiza, y una tarde, después de haber pescado tres carpas, le sujetaron entre los dos y le introdujeron un anzuelo por el oído, para rematarlo acto seguido con una lancha de pizarra aplastándole el cráneo…

El crimen lo terminaron confesando los culpables, temerosos de las ánimas benditas y nadie en las comarcas de La Siberia y  La Serena, daban crédito a la verdad. Fue una noticia muy triste y negra en los periódicos. Jamás nadie hubiera pensado que ellos fueran los asesinos de tío Manuel, tan amigo de su familia, y tan buen vecino cuando les faltó  un trozo de pan en la mesa.

 En segundo lugar nació tío Vicente, recordado desde niño por lo independiente  que fue, extravagante y derrochador al máximo y que pasó así hasta la adolescencia,  llamando siempre la atención por algún  motivo, cómo una vez que un vecino cayó de un caballo, y en vez de ayudarlo y socorrerlo, se limitó a reírse a carcajadas, desde su mula, diciéndole: ¡cuánto me alegro! – se desternillaba-

  Fue un alivio para la familia que al terminar el servicio militar, se marchase a Brasil, pero nunca creyeron que jamás volvería. Supimos de él, veinte años después, por un hijo suyo que vino unas navidades a Portugal para cerrar unos negocios que le habían traído al país luso.

 Cruzó por la frontera de Badajoz sin ser registrado, nadie se explica cómo y eso que traía un saco de cartones de tabaco americano y bolsitas de la risa –cómo él definió a unas cuantas bolsas de marihuana-

 Y así se presento en casa de los Franco, para conocer y llevar los mejores saludos de su padre a su familia extremeña, que tanto deseaba conhecerEu gosto muito mesmo assim de issa  terra do minho pae… ¿Sou Benvindo ? Aos meus braços tía Rosa, pae manda pra você e pra tuda a familia, estos presentes…-ropas, perfumes, golosinas…-

La tercera y muy especial era tía Florentina, que como Rosa, era de fuerte temperamento y muy señorial en sus modales, se casó con un rico labrador, El Pate, por lo que su nombre pasó para muchos de Florentina Franco, como ella le gustaba  alardear, a Flora Pate, por el apodo de su marido. Pero a solas, jamás consintió que la llamaran así. Ella era Doña Florentina Franco, a mucha honra…

La cuarta era tía Mariquita, que le pusieron este diminutivo por ser ella muy frágil y sencilla, jamás protestaba por nada, sin duda anulada por los fuertes caracteres de sus hermanas mayores. Y por la ausencia de varones que les dominaran. Ya que Vicente se marchó – por no decir desapareció- siendo ella una cría.

 Y por último, su madre, Lorenza, la más terca y seria a la vez, si ella decía negro, era negro y no había grises que discutir. Pero en el fondo, era una madre ejemplar, que cuidó y se preocupó por todos los suyos hasta bien mayor, cuando ya empezó a perder facultades por la diabetes, sin perder jamás su buen humor.

A tía Rosa, no le sobrevivía ningún hijo más allá de tres años, tuvo nueve muertes: Carmencita, Manuel, Justina, Eusebio, Esteban, Regina, Jacinta, Dorotea “la niña Dora” y Andrea,  hasta que tuvo a María, que así bautizaron por ser la madrina tía Mariquita, y con la fe de que ésta sobreviviera a la mala ventura.

Tía Florentina, sólo parió a Valentina y ya desde el parto se juró por todos los santos que jamás daría a luz; le puso este nombre por su suegra ya difunta y por su marido. Valentina fue siempre su pesadilla desde moza, la hija rebelde y excéntrica que se pasaba horas en disputas con ella o con cualquier vecina  impostora, como ella les llamaba, que sólo se regocijaban con  sacarle su mala leche –Me han echado un mal de ojo, madre - ¡ay qué mal cuerpo tengo!  -seguro que alguna de las Meáticas - decía.

Se enamoró de un pobre jornalero, que su madre repudiaba junto a toda su familia por ser de clase bajuna, según decía, así que Valentina al cumplir la mayoría de edad, se escapó una noche por los hastíales, para invitar a los vecinos y amigos a su boda, de la que la madre ignoraba su pronta realidad y de la que permanecía completamente ajena.

Llegado el día, Tía Rosa, fue en busca de tía Florentina, al ver que todos los invitados estaban ya en la iglesia, y ella no aparecía.

-No pienso ir a la boda de un alañaor. Que se case sola, la muy desvergonzada, que su madre está muerta ya para ella, que lo sepa, en el día de su boda, también habrá un funeral- Florentina-

- Diré que te has puesto mala, al menos, evitaré el bochorno que haces a tu hija. Pero la conciencia algún día te traicionará, ya tienes una hija perdida ¡acuérdate! pero a ésta, la tienes más perdida aún.-Dijo rotunda Rosa-

Lorenza, fue la madrina improvisada de la boda. En el momento de las firmas estaban, cuando se oyó un murmullo entre risas que provenía de la entrada de la iglesia.

Tía Rosa salió a ver que sucedía, cuando se topó con su hermana Florentina, que había decidido  en última instancia acompañar a su hija en tan esperado día.

-Ay hija perdóname, cómo no iba a venir tu madre a tan señalada boda, de tanta categoría, por eso vengo acorde al grado que tal momento merece…

Iba con un mandil sucio con sangre y plumas de los pollos que acababa de pelar y cortar el pescuezo.

-¿Dónde vas así, risorio de la familia?,  ¿Cómo te atreves a venir así, y en chancletas, a la boda de tu hija?- le espetó Rosa-

- Voy donde no me han invitado, por eso, vengo como Dios y el Cristo de la Capilla me encontró al darme la noticia  -Florentina-

-Tú has querido montar este papelón, y vienes ahora haciendo el paripé de madre dolida…y además con coba,  así que ya…. -Rosa-

Y sin acabar la frase empujó a Florentina cayendo gradas abajo, quedando hecha un ovillo en el rellano de la iglesia y lloriqueando. Era una imagen patética, entre las plumas que revoleteaban, la sangre y el llanto.

 

 

V

 

 

Andrés, ya entraba en casa de María, hacía seis meses y medio, con el permiso de Rosa Franco, para pretender a su hija, que parecía que se había enmendado de una vez por todas. Parecía, pero que engañados les tenía a todos…

María volvió a rechazar a Andrés una noche, después de su visita formal, cuando se despedía de él en la puerta, miró al umbral como buscando un apoyo  y le dijo, con voz firme: mañana no vengas, ni mañana ni pasado, necesito tiempo para pensar, ya te mandaré avisar cuando esté lista para recibirte… Compréndelo, soy muy joven.

 Le rechazó por segunda vez, porque llegó de Brasil, por aquellas fechas,  el hijo de tío Vicente  e impresionada por los regalos y las historias que éste les contaba, decidió  desde que le vio entrar que tendría que  marcharse con él; se las ingenió para engatusarle, siendo el primo bastante parco en palabras y desconfiado, pero no se sabe como, desapareció una madrugada fría de febrero cuando sólo faltaban dos meses para la boda, y hasta hoy día, nunca más supieron de ella. Se especuló mucho sobre su huída y de la afrenta que había supuesto en casa de Rosa Franco, y más aún en casa de la  tía Florentina, porque llegado todo el escándalo a este punto, se aclararon cosas que permanecían secretas hasta entonces. Tía Florentina, acusaba a su hermana  Rosa de la desgraciada marcha de María, y así, con el sonsonete que traían las vecinas de una casa a otra. Cansadas de maldecirse a espaldas de la ausente y malmetidas por las que parecían entrañables vecinas. Una mañana de mayo, con flores a María, Rosa Franco convocó a toda la familia en su casa para la novena, y después de los cantos y rezos, anunció solemne:

-          Os he convidado a todos, no porque sea el mes de María, no, sino porque quiero aclarar una cuestión que hace tiempo que me concome por dentro: María, es mi sobrina, sí, mi María, tuve que hacerme cargo de ella, porque Florentina se quedó preñada de un forastero que vino a la feria; soltera y sin novio, no podía afrontar aquel infortunio, así que decidimos con mi madre, y con ella de acuerdo que me haría pasar por embarazada el tiempo necesario, mientras Florentina simulaba una enfermedad que le mantenía en cama. Nació la niña, y yo fui la madre reconocida por todos. Convenido el  pago y silencio por parte de la comadrona Doña Juana Rincón, que es prima segunda nuestra.

-          Bueno…-comentó Florentina- La madre que tan bien la ha educado, ya vemos el resultado. Y yo no me…

-          ¡Calla! – Le cortó Rosa en seco- Nunca quisiste que la niña se enterase. Yo la quiero como la hija que ha sido para mí, pero claro, con tu simiente en las venas, la pobre desdichada ha cometido este disparate…

Abuela Áurea se levanto sin mediar palabra, y se llevó de la reunión a Gloria, que andaría por los cinco años, y no sabía lo que estaba pasando. Le pareció una comedia, eso sí, pero no entendía la trama.

Abuela Áurea, al dejarla en su casa le dijo, - ¿Lo ves? Por eso no quiero cuentas con ellas, están todas locas, locas de remate y nos van a volver locos a todos los demás si les hacemos caso. Así que hija mía, cuídate de no mezclarte en sus asuntos, porque saldrás escaldada y pregonada.

Lorenza, puso paz entre ambas y al final, terminaron abrazándose llorando desconsoladamente como dos magdalenas. Valentina gritaba desaforadamente ¡ay mala madre, que me has negado una hermana, la hermana que siempre deseé desde niña! Su madre, la abofeteó , diciéndole: no hagas más dramas, so escandalosa, que eso se te da muy bien, el caso es dar que hablar a todas estas brujas…-mirando a las vecinas-  que sigilosamente iban reculando hacia la puerta, con las cabezas gachas...

 Perdones y súplicas sobraban. Ya todo sobraba en esta situación.

Así eran las cosas en casa de los Franco,  pasiones fortísimas y desgracias en disonancia o consonancia, según se mirase.

 

 

VI

 

 

Gloria, despertaba muchas noches, envuelta en sudores y húmeda, presa de pánico y deseo frustrado: veía los ojos de Andrés, como proyectados en una pantalla de cine.

Sus ojos se acercaban. Sus rostros estaban casi pegados, sentía su aliento caliente en su cara, se le erizaba el vello cuando le rozaba- como la tarde del establo-. Le desabrochaba la camisa. Él se acercaba y le olía el pecho… Le besaba los labios y se le secaba la boca de pensarlo. Se retorcía en silencio y con la ayuda de los barrotes de la cama en alguna ocasión…. Le veía medio desnudo entre sus sábanas. Se vestía lentamente… Desaparecía en una espiral que iba perdiendo color.

Angustiada y avergonzada, al ser consciente de aquellos malos hábitos, apenas podía dormir; por las mañanas parecía un fantasma, que no despertaba del todo, hasta bien después de la siesta. Esperando la hora mágica.

Esa tarde, el embarcadero olía a pescado, a algas, a musgo, a nubes bajas.... Sentada en el borde del espigón, miró el agua  dorada dibujando oscilaciones  con las plantas de los pies. Se reclinó hacia atrás, y vio que comenzaban a verse las primeras estrellas. Soñaba despierta, que quizás su prima María, le mandaría a llamar desde Belo Horizonte, y se marcharía con ella, y por fin, tendría una carrera auténtica, sería una gran actriz de teatro, que iría con su compañía por todo el Brasil primero, hasta saltar el charco y volver a España: veía los carteles que la anunciaban: Gloria Gil en el  Teatro López de Ayala de Badajoz, después  en Cáceres y  ya para rematar, estrenos en Madrid, Santander,  Toledo, Burgos, Barcelona,  hasta en Palma de Mallorca…

Viajando por su escasa geografía estaba, cuando una salpicadura de agua le hizo volver en sí, era su hermano Ismael, que le salpicaba desde la orilla, azuzado por Gracia y Merceditas, que se desternillaban.

- ¡Saturno dormilón, patrón de las espigas! ¡Saturno dormilón despierta que te asfixias! – le canturreaba, burlona, Gracia, e Ismael y Merceditas le seguían al coro-

Volvieron a casa los tres juntos siguiendo con la cancioncilla dichosa, y dedicándosela unos a otros. Pero cuando pasaron frente al establo de Andrés, le comenzó a palpitar el corazón sin control, y aceleró el paso, casi arrastrando a Ismael.

El portón se estaba abriendo, y desde dentro se oían los trajines de Andrés con las cabras…Casi vio su figura asomándose al callejón y sonriéndola. Guiñándola un ojo…

Ella ya estaba sola, frente a él, que le desabotonaba la blusa y le besaba sus pechos, ella se desnudaba del todo, y él se tendía encima de ella...y la besaba, fuerte y dulce, sus manos ásperas le recorrían el cuerpo de arriba abajo, se desmayaba de placer, él se desabrochaba el cinturón, se bajaba el pantalón y lo sentía dentro…Se retorcía en el silencio del establo…

- Venga que es de noche, y mama nos va a reñir-   decía como desde otro mundo, sobrecogida, Gloria-

 

Se acercaban a su casa, y  ya desde El Santo, se escuchaban voces y gritos, que provenían de su casa.

-¡Yo soy Doña Florentina Franco, y no pienso ser la criada de nadie! –decía la misma-

-  ¡Madre… que son sus nietos! –  replicaba la prima Valentina-

Que sólo pretendía que su madre se quedara con ellos esa noche que tenía que celebrar el aniversario de su boda. Florentina, se reía, ante tal argumento, diciendo:

-           ¿nietos? ¿los hijos de ese sin luces? ¿pero que aniversario vas a celebrar  tú so censo? Si te casaste con Alvarito, porque no pudiste conquistar a Eulogio,  el del boticario…Y  le estás dando una vida de perro, al pobre que sólo conoce trabajo y tus malas pulgas… ¡Quién no te conozca, que te compre…! Yo nunca he cuidado niños de nadie!  Bastante tuve…-interrumpió la frase para no quedar en evidencia-

Valentina irrumpió a llorar, balbuceando cosas ininteligibles. Berreando más que gritar. Mirando con rabia a su madre y a su padre que acababa de entrar.

-          ¡Haya paz en esta casa de esperpentos de una puñetera vez...!- asestando un golpe con el bastón en la mesa, dijo tío Valentín-

Pero en vez de sembrar la paz que pretendía, aumentó los malos humos de ambas, que se enzarzaron de nuevo, en viejas rencillas y no había manera de tranquilizarlas…

Como siempre, mediaba tía Rosa, difícil tarea cuando se trataba de su hermana y su sobrina. Pero les amenazaba con divulgarlo todo, menuda soná,  si no se avenían a entendimiento y  presas del ridículo que ello suponía y que ellas ya empezaban a temer, guardaban silencio orgullosas y no se hablaba más del asunto. De momento.

 

 

VII

 

 

Gloria, jamás llegó a ser actriz, ni recibió noticias de su prima María.

Pasó un par de años semi-enclaustrada en el doblao, dando rienda suelta a sus fantasías y sueños; sólo salía como siempre al atardecer. En el pueblo se decía que no estaba muy cuerda, - hija, qué desgracia, la grande de la Lorenza tiene que tener un mal de esos; y las peores lenguas decían: -  ahí va el hurón de la Lorenza…

De poco le sirvieron a su madre, tía Lorenza, sus artimañas para hacerla reaccionar, siempre acabando en desazones todos sus intentos:

-          La Victoria, ya se ha echado novio y tiene un año menos que tú , hija por Dios que me va a llevar la trampa de los disgustos…. – le decía su madre-

-          La Guadalupe, siempre que pasa, me pregunta que donde te metes… ¡Con lo amigas que habéis sido! -insistía sin éxito, Lorenza-

Su padre, Antonio, un hombre callado y melancólico, se acercó mucho a ella  en esa época, tenían largas charlas, que a veces terminaban en contemplaciones compartidas de la sierra y alguna que otra frase poética que él le dedicaba, intentando acercarse todo lo posible a ella, a su ojo derecho, que lo estaba pasando mal últimamente.

Tenían largos paseos hasta El Coto, y se aguardaban en las orillas de este lado del Guadiana al atardecer, admirando la isla de la Momia, cuando el agua se vuelve rosa, dorada y anaranjada, y disfrutaban del cambio de colores y de cómo las nubes grises y malvas se iban oscureciendo, desapareciendo el naranja, difuminándose. Las grullas pasaban bajo; se acercaban lluvias. Los pescadores con sus barcas también volvían.

 Meses antes de morir Antonio, un día,  después de que Gloria se desahogara, contándole sus penas sinceramente, se le acercó, tomándola por los hombros, mientras él permanecía de pie y le dijo con voz estremecida:

-          Yo te quiero mucho, hijita… Aunque me veáis como a un padre extraño y poco comunicativo, siempre os he querido, y sobre todo a ti….- irrumpió en un sollozo-

Su padre le dejó un vacío terrible, un año que casi pasó entre lágrimas e insomnios, que hizo que se interrumpieran sus paseos y que evitara más aún a su madre y hermanos.

No quería oír sus interrogaciones, ni sus consejos, sólo deseaba la soledad y el silencio.

Andrés también había desaparecido y eso se sumaba profundizando aún más su dolor.

Sin tener ni siquiera la valentía de poder preguntarle a alguien por él. ¿Cómo, siendo una muchacha de apenas veinte años?  ¿Cómo podía preguntar por un hombre de  treinta y seis y  que  para todos  era  un  extraño para ella?

Si  alguien sabía que había sido de él sería imposible averiguarlo…

Reanudados sus paseos, casi un año después de la muerte de su padre, con la mente ocupada en sus dos hombres desaparecidos, iba recuperando  también la autoestima.

Pero una tarde que comenzaba a arreciar el frío y se levantó una ventolera del oeste, comenzó a correr  despavorida, cuando una voz le hizo pararse en seco; casi le atropella una motocicleta al doblar la curva del Burgo, entonces, disculpándose, y sin poder sujetarse la falda ya que el viento hacía remolinos. El joven le ofreció subirla hasta la plaza, y ante tal adversa situación no tuvo más remedio que acceder al ofrecimiento del desconocido, que a partir de aquél día,  volverían a verse en el embarcadero y sus alrededores, recorriendo las orillas , a la espera de que picara algún pez… Y charlando de cosas tan nuevas, que de esos días tiene grandes recuerdos, de lo que aprendió con José, y de lo que ella, se atrevía a contarle a él…

 

Se terminó casando con él, que  después supo que era un viajante de Plasencia que venía en las temporadas de pesca del  lucio al río, y como ella era una fiel paseante en los atardeceres, se conocieron como ya sabemos casi por accidente y en cosa de dos años, se planeó la boda. Tía Rosa fue la instigadora y madrina, temerosa de tener otra solterona  como la tía Mariquita en la familia. Tan buena y sin dejar huella en vida…Sin que nadie te llore, ¡Dios mío!- decía Rosa-

Gloria jamás estuvo enamorada de José, le daba paz, le gustaba su compañía, eso sí, pero no era el tipo de hombre que ella había idealizado desde pequeña, el único, que se acercaba e incluso superaba toda ficción había sido Andrés, del que no volvió a saber después de aquél verano de hace tantos años. Se supo, años después de su marcha –porque oyó en la plaza una conversación entre hombres-  que había vendido el ganado, y que emigró a Cataluña, gracias al consejo de un antiguo compañero de la legión, con el que se carteaba. - Otro solterón como él será, a esos no hay santa mujer que les eche el lazo –dijeron sus tías- burlándose, al saber el destino del pastor, legionario y novio plantado con el culo en las canales… -.

Andrés se había convertido en su amor secreto, ahora que era una mujer adulta, lo comprendía, y el hecho de que Andrés jamás intentase nada con ella, bien podría proceder del recuerdo que él tenía de su prima María. Su verdadero verdugo y el de ella.

Pero el caso es que jamás sabría la verdad, sus suposiciones y ensoñaciones eran sólo suyas, lo poco suyo auténtico que conservaba de aquella chiquilla ambiciosa y soñadora. Lo poco bonito que sintió siendo casi una niña.

 

 

VIII

 

 

Su hermana Gracia, se unió mucho a ella, después de la muerte de  padre, ya había dejado de ser la graciosilla impertinente y hermana rival, para convertirse en su confidente, o al menos su hombro donde llorar. Gracia, tenía la virtud, de saber escuchar, le impresionaba a Gloria, esta mutación en ella, y se lo agradecía sin necesidad de decírselo. Se había creado un vínculo, que siempre había existido desde luego, pero ahora, al ser más adultas, se afianzaba más y ambas salían ganando en la transformación sufrida. Ellas dos y su Merceditas, que jamás les dio un disgusto.

Comenzaron a bordar juntas el ajuar de Gloria, escuchando en  la radio los seriales interminables y comentando los chismes de las amigas de Gracia, que ya empezaba a salir con un chico y creía que se estaba enamorando; les incordiaba que Ismael fuera siempre tan curioso de sus charlas, cuando aparecía, como un moscón, decía Gracia, mientras se partía de risa, por lo bajo. Ismael, empezaba a pintar, mientras ellas cosían, les encantaba ver sus dibujos, ¡mae mía que bonito, niño!  le decían y le admiraban realmente.     Ismael, era un creador autodidacta, eso estaba clarísimo, ya desde bien niño se sabía el elenco de actores y locutores de las emisoras de radio que ellas ponían. ¡Que memoria tan portentosa! – decían tía Florentina y tía Rosa-

-          Éste niño va para artista, sino tiempo al tiempo… - aseguraba tía Rosa-

Ismael, siempre fue un artista frustrado, como muchos de  su generación, al no tener un guía, un apoyo económico, al faltarle una información adecuada y una educación reglada; continuó pintando, escribiendo, pero al final, termino de cartero.

-          una profesión de sueños, de llevador de sueños y miles de buenas nuevas…-le dijo una tarde Gloria, sabiendo que era una frase de consuelo únicamente-

Ismael, no se resignaba a la  vida que llevaba; nunca tuvo otro interés que  no fuera pintar y escribir sus historias; pasaban los años y seguía soltero, mimado por sus hermanas, hasta bien entrado en los treinta años, siendo ya un hombre muy atractivo.

 Entonces, dejó el trabajo del pueblo, y se marchó a Madrid, con la intención de estudiar y prosperar; de vez en cuando recibían cartas suyas, llenas de buenas palabras, contándoles cosas que iba experimentando, contento con su nuevo trabajo en una biblioteca,- parece que algo al fin, le va bien - pensaba Gloria-

En definitiva, lo que deseaban ellas, por encima de todo es que estuviera bien, y que fuera feliz, que hiciera las cosas que en el pueblo nunca pudo hacer.

Lorenza lo llevaba peor, - su hijo sólo en la ciudad - no descansaba bien, porque tenía sueños donde le veía  en peligro; le decían que eso era producto de sus miedos y que por lo que contaba él, estaba mejor que aquí, que ya era un hombre y había elegido su vida.

-aquí siempre sería un solterón, Lorenza, en la capital, la gente soltera está vista de otra manera, no hay ni comparación…-  ¡Son la salsa de las reuniones y no pueden dar abasto a tantas pretendientes. Así era mi hermano Vicente, ¡ay que muchacho, que desarraigo tan fuerte le alejó de todos! - les decía tía Rosa.

 

 

IX

 

 

 

Después de varios años de casados, Gloria procuró por todos los medios que su marido fuera un hombre feliz, jamás le insinuó un desinterés, ni tuvo un mal gesto; forzó tanto su amor  que casi se hizo real, con tal de que nunca sufriera, ni supiera el tormento que le producía este secreto. A pesar de su dolor y su buena actuación, hay cosas que la naturaleza pone al descubierto.

José, su marido, nunca quiso que ella supiera que el sufría en secreto, pero el motivo de su sufrimiento no era otro que saber, porque estas cosas los hombres las saben, como dicen ellos, porque se sienten en el aire y en la piel. Sabía que él para su dulce Gloria, no era el hombre de su vida, sabía que ella lloraba a escondidas, que se entretenía muchas horas con Gracia, hablando de cosas maravillosas, de amores y hazañas, que ella, no desprendía luego en la vida conyugal, de cosas que parecían de una novela de amores terribles, de consejos y confidencias que sólo quien ama algo que no tiene, es capaz de dar…

José, nunca supo quién o qué mantenía a su esposa así, pero él, no iba a agudizar más su herida, fuera cual fuera, si ella no se lo había contado, es porque él no debía saber más que lo que sabía… Así la quería.

 

Se acabaron trasladando a Madrid,  ya que un antiguo compañero de su época de viajante le había encontrado un buen empleo en una librería. En  un piso alquilado

comenzó su nueva vida, extrañando mucho a sus hermanos, y a sus tías, sus paseos al embarcadero…sus tardes en el doblao…

Tuvo dos hijos, a los que puso: Rosa, por su tía, e Ismael, por su hermano, que fue padrino del niño.  Ismael, su hermano tan sentido, al que tanto quería, como si fuera su primer hijo, y además ese amor le daba un regalo: Ismael hijo, tenía los ojos de la abuela Áurea, verdes, el mismo color del que tanto amaba y le torturaba ver en sueños: los ojos de Andrés.

-          ¡Date prisa Ismael, que no paras en rama verde! Que hoy llegan los titos y los primos! La tita Merceditas ha tenido una niña, que le ha  puesto Rosa Áurea, sin permiso de nadie, fíjate la tita, que jamás quiso llamar la atención…que contenta estoy por ella! Y que bien les va  con las tierras- pensó para sí-

-          Hijo, que mañana tomas el cuerpo de Dios Nuestro Señor!

-          La tía Rosa es muy sota,  así que aprevente… Y como te encuentre en algún fallo la tía Florentina, ya las tenemos! ¡Menudas mandamases son las dos! –Pensando para sí en cómo les quería y les añoraba…Cuántas  risas habían pasado juntas. ¡Qué me meo de la risa, Tía Felisa! Le apretujaba la prima Valentina, contándole sus jerigonzas, y las trastadas que hacía a su madre.

 Recordaba que de pequeña, siempre estuvo vigilada e inspeccionada cada domingo antes de misa, de ir de punta en blanco, si encontraba las uñas algo largas o sucias ya era un bochorno ¡Dios mío, Lorenza! ¿A quién ha salido esta niña? Lorenza, qué parece una loba, dale con el cepillo en las uñas y atúsala el pelo de una vez, que con esas trenzas desaliñadas parece una de las Indias… ¡que deslustre!

-          ¡Ismael… que está aquí ya el tito Ismael, que te va ayudar con los deberes…y lávate las manos que luego no te acordarás cuando lleguen  las titas y los primos…

-          Gloria que te vas pareciendo cada vez más a los sargentos que tenemos por tías

-           – Ismael, hermano-

-          ¡Ismael… deja de pintar furringangos y ponte a hacer los deberes, Ismael no le consientas!- Gloria-

-          Es que ya los acabé. Mama… ¿Por qué no me contáis más cosas de Extremadura? –Ismael, hijo-

 

 

® © Fran I. Mendoza/ 2008

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