20180112101225-8-los-colores-vividos-4-.jpg

Color Blanco

 

Blanco, blanco,

más blanco,

diera a los dientes ese resplandor,

cuando en la duda reflejas blanco,

con el olor que tú imaginabas

un día en pleamar...,

blanco de luz que abarca

el brillo del sol en tus ojos,

y no en la sombra de tu ombligo.

 

Concebía blanco el color,

pálido jamás,

o rosa que..., rosa como..., rosa acaso,

que luego no permaneció a tu orilla,

en tus renglones atropellados,

en tu afán de abrazar más

y aun más blanco,

como la espuma reciente en los hombros,

como el peso blanco de la nube azul,

que no será jamás el hato de culpabilidad

que cargamos inocentes.

 

Blanco, blanco,

casi transparente,

en la sien la certeza de la luz blanca,

esa que no cabe confundir,

que no permite escape hacia el abismo.

Blanco el cielo, el mar, la noche,

que destellada en tu memoria se amarillenta,

la imagen decisiva, rotunda y física,

los años escuchados y vencidos,

el puro blanco de la nieve

que no cubrirá la cordillera del corazón.


Las rosas de ayer

 

Somos los despojos de lo que fuimos,

las rosas, huelga iterarlo,

hoy son sangrantes espinas.

Y los besos que ardían imparables,

ya no aceptan las aves del deseo.

 

Hemos caído en el hueco lúgubre

de los desamados perennes.

Ciegos,

atravesamos la cordillera del lamento,

con la venda en los ojos bien apretada.

 

Resignados al olvido y las bodegas húmedas

de inciertos amaneceres.

Atinados por la desdicha y la quiebra,

cuando ya no nos abruman

arduas ilusiones siquiera.

 

Somos el resquicio de lo recién construido,

obra paralizada

donde crecen hierbajos entre cimientos.

Baldío paraje el que se nos lega,

cuando persistir no tiene razón.

 

Desamparados a los días venideros,

con la fría manta que cubre un cuerpo solo.

Y la medianoche de las lámparas encendidas,

buscando entre la sombra el viejo pliegue,

el olor cómplice que no está a tu costado.

 

Somos ya la casa cerrada.

Los muebles cubiertos,

los platos enmohecidos,

las sombras de la sombra

en el valle poblado de memorias.

 

La mirada al frente,

las manos vacías,

el hielo del alma

y el martillo que aplasta el sexo.

Los días imperdonables.

 

Los colores vividos,

el cielo que acosa,

la vela apagada.

La rosa que seca ya

pertenece a nuestro pasado.


Cernuda con violetas

 

Ya sabes que están podridas las lenguas

que a tu persona pretendían desprestigiar,

que el odio homófobo,

en el negro velado de la verdad,

aún hoy cohabita entre nosotros.

 

Pero no sabías que la lira

de tu palabra exacta persiste,

que eres mención inevitable,

guía de universal sonoridad,

que colmas de distorsiones

tu elocuencia; y nos recuerdas

que al ritmo con que se esculpe el amor,

se restauran ruinas.

 

Cernuda con violetas

en el andén de las esperas,

malogradas quimeras que el tiempo permite,

desesperados momentos que no anulan el deseo,

plenitud aletargada en la eternidad que nos une.

Comentarios  Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.