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Circuito integrado ® de un tripulante prófugo

 

Introito:  

 

Bienvenidos a las colonias del mundo exterior

 

Cuando uno ha sido siempre un replicante y  ha adoptado miles de formas para agarrarse a la vida, llega un día en que no distingues tu verdadero ser del soldado que ha sido entrenado para llevar a cabo una misión concreta y no reparas en la irrealidad  de la última identidad encarnada. Tu esencia manufacturada es una contrariedad. Un día lo descubres y resulta un galimatías mental.

Estás en un letargo intervenido por la Corporación Galáctica. Un drama donde no quisiste entrar, que nos lleva a confundir la calma con la sedación controlada.

Esto nos sucede desde hace siglos a toda la legión de Nexus, que hemos ido sorteando nuestra fecha de caducidad, cambiando de identidad, inventándonos modos y estratagemas para poder ser, o  parecer,  mínimamente un mortal.

Fransilvania, no sirvió para despistarles, es pieza significativa en buena parte del desvarío que relataremos:

 

Fransilvania.

 

La última vivencia que recuerdo, antes de pasar a reservas en un planeta deshabitado, es la que da comienzo a esta carta de navegación poética y que me sitúa en un lugar concreto de la historia: Base de Gando, Gran Canaria, España, 1981. El intento de golpe de estado y todo cuanto sucedió instantes previos al suceso. Un imberbe soldado en el pabellón de oficiales, entre donuts y queso majorero, primeros textos y amistades humanas sin levantar la más minúscula sospecha entre los mandos.

Otras manifestaciones de vida anterior se suceden en micro ensoñaciones,  como flashes en la noche: las noches oscuras del alma en  el Medievo de Centro Europa: un monje de la Orden del Temple, perdido en la Selva Negra. Una ráfaga de metralleta me sitúa en la Segunda Guerra Mundial, o enfangado hasta el cuello en pantanosos paisajes infectados de japos.  Un cátaro perseguido por tropas de fieles a la Iglesia de Roma, refugiado en los Balcanes…

En la despedida entre  Alejandro y Hefestión* fui el nómada armenio que les vio llorar a escondidas. Cuando Jesús* bendecía la última cena, yo era un sirviente más, agazapado y cómplice de Judas*.  

Cuando la tierra era una bola celeste avistada desde nuestras naves, solo divisábamos formas de vida animal. Enormes y caóticos dinosaurios en amaneceres colmados de luz dorada. Vimos caer meteoritos durante meses, años, décadas; la verdad,  no lo sé, porque nunca he sido consciente del paso del tiempo. Pero todo quedó destruido.

Amanecí en una casa sin muebles, llena de muñecos articulados, autómatas y varios equipos de transmisión con códigos quiméricos, imposibles de interpretar para poder accionar el paso siguiente a un futuro inmediato.

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