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Cubículo –Microrrelato-  Fran Ignacio Mendoza (@rtintadelalma)

 

Roberto Díaz Cortés, fue detenido en Tánger en abril de 1977, por posesión de hachís, cuando se encontraba pagando la factura de su estancia en la recepción del hostal.

No se resistió.

Desde entonces había tenido sueños recurrentes sobre el incidente, que no pasó de estar dos días en el calabozo municipal, hasta que la embajada española se hizo cargo de su situación. Pero el miedo que pasó en aquella sala sin ventilación y a oscuras, con la compañía de un arrestado anónimo y del que solo escuchaba los ruidos característicos de un morador temporal en la misma habitación, en la cama contigua, del que podía sentir su aliento, pero que jamás pudo ver. Ni pudieron dialogar.

 

Esta mañana- sabe que es de día, por una rendija de la caja por donde entra un fino hilo de luz, como una aguja que incluso hiere a la vista, en ese estado de oscuridad permanente- . Roberto se resistía en la caja, sin poder articular palabra alguna, estaba amordazado y atado de pies y manos.

La caja era extremadamente pequeña: 1,05 x 70 x70 cm.

Despertó ahí dentro, después de irse a dormir como cada noche a las 23:30. No podía recordar el tiempo que llevaba en esa posición, solo que las articulaciones estaban adormecidas y que además del roce de las cuerdas, sin verlo, notaba que le sangraban las muñecas y tal vez, los tobillos. El dolor era tan intenso en todo el cuerpo, que a veces perdía la conciencia durante minutos, supuestamente por la falta de aire.

 

Un abrir de persianas, como un foco blanco, le sacó de su agobio: seguía en su postura, ajustada al tamaño del cubículo.

Abrió los ojos y casi lloró de alegría, algo desconcertado, al comprobar que todo había sido otra pesadilla. Sonrío a su mujer y se levantó como cada día.

En la ducha y, para su asombro, vio con aturdimiento, como corría sangre por el desagüe, proveniente de sus miembros amoratados.

Perdió el sentido. Y el impacto de su cabeza contra la esquina inferior del cristal de la mampara hizo que este se partiese, formando un ángulo ensangrentado, con tan mala suerte que una arista le seccionó la yugular.

 

Después, regresó a la caja.

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