20180112111755-9-received-1376167559089711.jpeg

El adagio cotidiano

 

Al compás de un adagio

que colma la sala,

irrumpen los entresijos

que los objetos susurran.

 

Los arcones y las vasijas

preservan aromas de tiempos rebasados,

adormecen a la hora de la siesta

y  la cortina verde que filtra la luz.

 

Cerca de las sombras

hay nostalgias empacadas

que reducen las tensiones

y nos profesan fidelidad.

 

Me acecha la mañana,

la tarde y la noche

plenas de paz y júbilo

o de inefable simplicidad.

 

Al compás de un adagio

que colma la sala,

irrumpen los entresijos

que los objetos susurran.

 

Pone vallas el silencio,

desbloquea ante dilemas

y consolida consciente

la placidez recobrada.

 

(“Adagio for strings, op.11” de Samuel Barber)

 

El sabor de la frambuesa

 

Tu lengua otorga a la mía

el sabor agridulce de la frambuesa

y los cielos tutelan

las miradas que socorren

nuestros goces.

 

Las rémoras pasadas

no acuden a salvaguardar

del hielo propagativo

que acomete

y nos rodea.

 

Somos equidistantes

en medio de la nada.

Un soplo inadvertido

que nos justifica

y que consolida el perímetro.

 

I

 

Las rémoras aprendidas

clausuran y nos  mantienen

al amparo de los huracanes

que irrumpen a deshoras

y desisten en su disolución.

 

Su ruptura está pactada.

La placidez bien manifiesta.

 

II

 

La prisa nunca frunce bien

los manteles almidonados

ni las sisas del vestido

que debimos estrenar

cesando todo lo retrospectivo.

 

Los obstáculos vividos

nos exhortan de futuros peligros.

 

III

 

El riesgo fue experimentar tus labios

 y el sabor de la frambuesa.

Los néctares privados

que aplacaran la avidez constante

al saborear el dulce de lo postergado,

los acres besos y el tacto

que nos mantiene cautivos.

 

Una nota en el recibidor lo transcribe.

 

El dolor presente

 

Duele el tiempo

y las sospechas evidenciadas.

Se anticipa un arroyo

de letargo sufrido

que dispusiste no ver…

 

Duele la mesa

que apoya los codos

tanteando dar forma

a un nuevo poema,

un atisbo espontáneo.

 

Duele el tiempo en los cafés

de anónimos vivificando estados,

entre palabreos y confidencias

que advierto desde las aceras,

siempre distante.

 

Duele la sal en los ojos,

la verdad desdoblada

en cuatro frases y fechas

que no sabías ni te imaginabas

burlado.

 

 

Duele el presente

y la indolencia de lo subjetivo,

el desamor preciso

a fuerza de decepciones

y de retiros advenidos.

 

 

 

 

Comentarios  Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.