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El banquillo de los acusados

Publicado: 14/01/2017 11:21 por Fran Ignacio Mendoza en Relatos
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EL BANQUILLO DE LOS ACUSADOS

 

Fue en el banquillo de los acusados, en las dependencias de la frontera marroquí, después de haber sido cacheados y habernos encontrado a algunos de nosotros con chinas de chocolate en los bolsillos, una ridiculez, una bolita del tamaño de un guisante, en el caso de  Fernandinho y en el mío.

Él estaba frente a mí, sus ojos me escrutaban asustados e intentaba sonreír, me dijo: no pasará nada, en castellano.

Le habíamos conocido horas antes en Tetuán, al salir de la Medina; estábamos en una terraza y al escuchar el acento portugués de la charla con su grupo, lo típico.  Las cervezas y las bromas nos unieron, y entablamos conversación. Poco entendía yo entonces de portugués, pero con muletas a medias entre castellano, inglés y portugués nos entendimos los dos grupos.

Pero ahora estábamos allí en esa sala húmeda con olor a orina, en el suelo un vaso con azúcar derretido de un té de sabe dios quien, una nota encima del banquillo de al lado con una frase  en castellano: el día que pregunté por “El Castillo” de Kafka,

y me indicaron arsenales sin género. Nos preguntaron qué significaba esa nota. Yo acababa de reparar en ella cuando el policía me increpó. No supe que decir, además no le entendía muy bien. Me encogí  de hombros por toda respuesta…

Los pasos en la galería no cesaban. Fernandinho fue llamado por megáfono, no distinguí sus apellidos, solo que su nombre sonó como Ferdaninoh, con acento marroquí.

Me pasó la botella  temblándole la mano para ofrecerme un trago, la tomé y salió.

Quedé solo, en una espera lenta y desigual. Los pasos provenientes del pasillo me ensordecían. Un ir y venir de escoltas, gente con bultos imponentes a la espalda como fardos repletos de ajuares y avíos. Un caos informe.

Allí  se notaba que el sol jamás entraba, aquellos muebles que apestaban a desinfectante, a zotal si no me equivoco, y al olor putrefacto de  unas hortensias en un jarrón, por llamarlo así, porque era un bote de garbanzos con media etiqueta desgastada, en una mesa contigua. Donde retiran los objetos personales y te toman los datos.

 ¿Quién trae flores a estos sitios? – me pregunté.

La luz intermitente del escaparate que ilumina los interiores en los films americanos ahora estaba allí. Era como un  “Expreso de medianoche” en Marruecos.

 El acento portugués, fue el nexo de unión. La espita que inició la  charla y los acontecimientos que vendrían posteriormente. Ahora sí, después de varios viajes a Portugal y a Brasil, hoy puedo decir que entiendo y puedo defenderme en el idioma luso para una charla informal.  Aunque prefiero la entonación brasileña, evidentemente.

Fernandinho era de Oporto pero decidimos que nos veríamos en Lisboa, por estar más próxima a Badajoz.

Éramos ambos poetas y la excusa de mostrarnos nuestros escritos  más tranquilos era perfecta. Todo parecía ser natural, queríamos conocernos más, sin objetivo concreto o quizás confuso; yo no sé lo que pensaría él de ese chico extremeño que vivía en Mallorca, y que a veces pasaba en Badajoz un par de meses los inviernos. Ese chico soy yo: Miguel.

Dentro de un mes, un fin de semana, no sé con qué intenciones por su parte, todo eso lo hablamos a solas él y yo mientras cruzábamos el estrecho  hacia Algeciras, tomando cervezas, y contándonos pequeños detalles de nuestros mundos. Con el halo de misterio alrededor de nuestras cabezas en todo momento. Es extraño como ese fulgor solo aparece en la adolescencia. Nunca más lo he sentido. Nos pasamos los teléfonos, y todo aparentaba ser un secreto entre ambos. Bueno de hecho lo fue. Los demás amigos no sospecharon nada. Luís y Kiko se arrancaron por sevillanas y divertían al resto del grupo de portuguesinhos. Juan dormía en cubierta tumbado el sol, agotado de tanto jadear y harrear por callejas.

Oporto…  Me habló maravillas de su ciudad, durante el trayecto, de las casas de sus abuelos de principios del siglo XIX. Conservando detalles  de  arquitectura manuelina. Y fastuosas arañas colgantes de los salones. Todo me pareció novelesco.

Pero a Oporto nunca he ido, no sé porque o sí, sí lo sé, quizás el recuerdo de Fernandinho, el mal sabor de boca que me dejó todo lo que aconteció después, desviaron con el tiempo mi atención, hacia otros puntos geográficos.

El plantón que me dio en la Praça do Rossio, en la cafetaria Suissa, han hecho que haya evitado esa ciudad. Él nunca apareció, dieron las 6, las 7 y las 8, y en la terraza de la cafetería ya empezaba a refrescar. Llegaba gente distinta, vestida para la noche, mientras  se despedían otros. Me sentí decepcionado y solo, un turista idiota, un pobre adolescente perdido en una ciudad como Lisboa, tan bella y con esa inauguración tan inesperada y triste.

Entonces, surgió de la nada  Joao, que me había estado observando, según me dijo, un buen rato, y al estar toda la terraza repleta, me pidió permiso para sentarse a mi mesa. Por supuesto. No hablamos nada al principio. ¿Pasaron unos diez o quince minutos? Una eternidad. Pero la excusa de los cigarrillos ha hecho que muchos barcos salgan a flote. - ¿eres español? 

Gracias a él, conocí algo de Lisboa ese fin de semana, el barrio del Chiado, los bares de noche más emblemáticos, las cantantes de fados, el elevador, os cafecinhos, todo tan romántico en la noche  luso-estremenha.

Joao fue mi salvavidas para estar esos dos días en la cuidad blanca, nada más que un buen lisboeta, orgulloso de su país y de su cultura. Un guía natural. ¡Muito o’ brigado, menino, este você onde que este!

Lisboa… Años después tuve impresiones distintas – y no porque la primera al final no  fuese grata-, ya que la llegada y las expectativas fueron muy adversas.

Pero el resto de veces que he viajado a Portugal me he llevado un sabor agradable y emotivo  siempre.

Regresábamos de nuestro primer viaje a Marruecos, Luis, Juan, Kiko y yo, fueron las navidades- las primeras- lejos de un ambiente típicamente festivo y navideño, al contrario, era toda una novedad poder escuchar los cantos de los muecines convocando a la oración desde los alminares de las mezquitas, a sus horas acostumbradas y por raro que parezca, y siendo algo recién experimentado, no nos molestó a ninguno de los que íbamos, más bien nos relajaban esos cánticos de madrugada… Era vivir otra cultura por vez primera, bueno, Juan ya había estado con anterioridad él solo, de Marrakech a Tetuán. Para nosotros, fue algo unánime y que ni siquiera tuvimos que decidir o llevar a discusión,  decidimos internamente quedarnos en Xauen y no seguir más abajo, ya que nos había encantado el pueblo azul, sus callejuelas, sus plazas y rincones, la amabilidad de los habitantes, las tortas de pan por la mañana, el te tan azucarado y con hierbabuena, los olores de las especias, las miradas llenas de sorpresa. Todo era un sueño vivido y compartido con amigos en común. Porque yo no conocía nada más que a Luis, amigo de la infancia, y de Sevilla, también hijo de emigrantes a Mallorca en los años 60, que habían retornado hacía años a su tierra, pero que seguíamos en contacto por carta y algunas llamadas o escapadas a Sevilla. Los otros dos,  Kiko, al que he vuelto a ver en pocas ocasiones y que no tenemos contacto directo, solo sé de él y de su vida por Luís. Y Juan, que conectamos desde el minuto 0, y que mira por donde, las casualidades de la vida, después de adultos, un día recibí una llamada de alguien que me llamaba Miguel y no Micki, como me llaman los íntimos y conocidos.

 -¿Eres Miguel? Sí, el amigo de Luís de Sevilla, que estuvimos hace 20 años en Marruecos ¿recuerdas?

Enseguida todo fueron  anécdotas y bromas. Como cuando me dijo:”seguro que no me reconoces, tengo canas”, me partí a carcajadas.  Teníamos ganas de vernos, se notaba. De hecho es la persona con quien aparte de Luis en la adolescencia, he estado a punto más veces, de mearme literalmente de risa, y de doblarnos de dolor desternillados en ocasiones por situaciones o gestos, balbuceos inverosímiles, que han hecho que nos tronchemos in situ, y recordándolo…

Juan apareció unos 15 años después – y no 20 años, como él dijo, siempre exagerando- de ese viaje, porque había encontrado un trabajo en Mallorca, en un pueblo, Santanyí. He de decir que la amistad verdadera comenzó entonces, y que hoy en día, es y considero uno de mis mejores amigos. Tenemos la suerte de ser amigos desde hace tantos años, porque de esos que has creído amigos y lo son,  duran pocos. Todos lo sabemos. Además es histriónico y divertido como nadie, y serio y responsable en su trabajo y comedido con los desconocidos.

Hemos hablado muchas veces de ese viaje, y de lo alucinante que fue todo, incluso en su peor momento, con mi detención en la dependencia de policía, ahora que lo repasamos, recuerdo que fueron horas y nos parecieron días. Aquellas maneras de mirarnos los demás turistas, y la poca educación del suboficial al entregarnos nuestras pertenencias, como perdonándonos la vida… Con un rictus socarrón. Y sumemos a ello, los comentarios que se lanzaban otros dos agentes mofándose de nosotros y que hacía ese momento más desesperante aun...

Pero hubo momentos que hemos citado hasta la saciedad, como cuando buscábamos a el contacto de Juan, para comprar buen hashis y la persecución de un tío que lo había confundido con un americano,  que juraba que le debía dinero, por toda la Medina un acoso incesante , señalándose el cuello en un gesto de “ te voy a  cortar el pescuezo”, dirigido a Juan, y éste, acalorado, rojo de terror, huyendo a toda prisa, subiendo escalinatas empinadas y serpenteantes, bajando callejuelas , buscando la tienda de Hassan, que no estaba en ningún callejón. Los nervios le traicionaban de forma efectiva.

Nos habíamos perdido varias veces, llegamos a pasar delante de un niño que vendía guantes para la nieve no sé cuantas veces, ¿pero quién quiere guantes de ese tipo en Marruecos?, nos preguntábamos.

Luís estuvo a punto de que le robaran la cámara por detrás, una mano anónima que vi yo en el momento preciso, y le advertí: ¡Luís, la cámara! y  en  un acto reflejo, se la llevó al pecho… El ladronzuelo, un chiquillo endeble, me miró con hienas en los ojos.

La tienda de Hassan, el  único  que podía aclarar la procedencia de Juan, estaba al lado opuesto de nuestra tortuosa búsqueda, llegamos por azar, hartos de huir, con verdadero temor ya, porque el perseguidor, ya venía acompañado de varios chavales, que ladraban como perros: americam, americam

Y menos mal que dimos con la tienda de mantas y chilabas, de las que hay miles, tomamos un té con el enemigo en frente, y Hassan, le explicó que a los demás no nos conocía, pero que Juan, era de Jerez, de España, amigo, no problema… Que  había estado antes allí con él. Le había comprado algunas alforjas  y alguna tetera. Eludió que también fumó chocolate con él para evitar males mayores. Y para  que le viera como a un turista ingenuo.

El otro seguía refunfuñando, que el americano le debía 10.000 pesetas, sin acabar de creerse la versión de su paisano. Al final, salió no muy convencido y al girarse volvió a repetir el gesto de degollador. Pero ya nos quedamos más tranquilos, al verle perderse entre la multitud.

 Vivimos esos momentos todos aderezados de aromas y colores en cada toma, cada segundo era una escena especial. La siguiente otra novedad. Del miedo a la euforia. Un paseo ameno y peligroso de Xauen a Tetuán y llegar hasta la frontera.

 Un respiro cuando zarpó el barco; revisando a trompicones en nuestros macutos por si nos faltase algo de nuestras compras, estaba todo.

 Los amigos portugueses enseguida nos localizaron y comentamos el mal trago pasado, uno de ellos decía: eu acho que a gente nao tornará mais nesse país, o algo semejante. Nos reímos todos y con la distensión nos apartamos algunos de otros conversando, así fue cómo  el reencuentro con Fernandinho, resultó ser un gran alivio y el resto de la travesía digamos que mágica, con lo que ya he contado, la ilusión, las miradas, el mar brumoso y la decepción final.

El recuerdo no borra los deseos no resueltos.

 

© Fran I. Mendoza

Imagen : correodelorinoco.com

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-"Pegaso", "Deshabitados", por Fran ignacio Mendoza
-"Conceptos ausentes", por Carlos Alberto Cerda
-"Del otro lado de la neblina", "Y a los nueve meses", por Paul Mendoza Malaver
-"El punto de quiebre", por Brian Lezama
-"El jardín y la noche", por Erick Orel
-"7 poemas de ’Las musas se han ido de copas’", "El equipaje del ángel" (selección), por Nilton Santiago
-"Milagro", "Florecimiento", "El consuelo divino" (unas líneas), por Silvia Farfán Cedrón
-"El ritmo de los designios" (Selección), "El primer beso, "Qué suave me decías ’amor’ en aquel sueño", por Jack Farfán Cedrón
-"A ritmo popular", por Omilcar Cruz Restrepo
-"Línea de la muerte", por Alfredo Alcalde
-"Verdades y mentiras de Vargas Llosa", por Daniel Mathews
-"Notas a ’El primer asombro’", por Mateo Díaz
-"3 poemas de ’El primer asombro’", por Denisse Vega Farfán
-"’Construcción civil’, de Willy Gomez Migliaro", por Pablo Landeo Muñoz
-"’El espectador invisible’ de Paul Guillén", por Miguel Ildefonso
-"La dimensión Poética de Julio Garrido Malaver", por Doan Ortiz Zamora

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Pegaso - Fran Ignacio Mendoza

Publicado: 18/10/2015 13:12 por Fran Ignacio Mendoza en Relatos
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Sor Juana reza frente al crucifijo de su celda, descalza y de rodillas sobre las baldosas frías y húmedas de la abadía. Mira el crucifijo obnubilada.  Faltan diez minutos para maitines y aprovecha para clamar perdón al cielo y al reino de  las tinieblas – por si acaso-  por su pecado.

 

Entra en el refectorio después de las plegarias matinales y decide ayunar. Sor Inocencia que la observa desde hace días, nota algo extraño en su comportamiento. Y ya a solas, se acerca:

-          ¿Por qué no come nada hermana?, ¿se encuentra indispuesta, enferma?

-          No, querida Madre, no es nada, es solo que deseo limpiar mi organismo unos días. Una purga natural, solo tomaré agua y zumo de limón. Siempre he oído decir que las depuraciones son más aconsejables en verano, por el hecho de que se bebe más.

-          Bien- responde Sor Inocencia-, siempre que no te excedas, y si te notas debilitada lo cancelas, el ayuno es un acto purificador pero no debemos abusar.

-          Sí, Madre, no se alarme, soy consciente de mis fuerzas y mis limitaciones.

Después de toda la jornada sin probar bocado, toma ya en su cuarto, un vaso de agua, y se tiende en el suelo sin desvestirse, mirando hacia la ventana entreabierta por donde entra la luz de la luna. La misma que fue testigo de su error. La noche de San Lorenzo, que tomó vino- más de lo consentido- después de la cena y a escondidas en la bodega, cuando Sor Jacinta, la encargada de los fogones se retiraba a su aposento.

Nota que le invade el prurito insano que le obliga a rascarse sin remedio. Se sube los faldones y se rasca hasta sangrar las ingles. Se limpia y refresca el pubis que decidió rasurarse hace una semana, después de ese momento desafortunado…

Abandona el ayuno al quinto día, pero su cuerpo no se purifica y menos su mente; piensa en una solución aleatoria. Mientras todas están descansando a la hora de la siesta durante las horas de intenso calor, se encamina hacia la cuadra sin hacer ruido, echando los cerrojos con parsimonia. Entra y se acerca a Pegaso, -el caballo del páter que ellas cuidan en su ausencia- le vuelve a tocar suavemente, temblándole el corazón y las piernas por la abstinencia. Se sube sus ropas y vuelve a rozarse contra el animal, procurando que no se inquiete. Le acaricia y se frota contra él. En un instante el equino eyacula entre sus piernas y ella se tumba sobre la paja, retorciéndose en una extraña mezcla de placer, dolor y culpa. Pero el picor continúa…

Al día siguiente, después de ser buscada toda la mañana, encuentran a Sor Juana ahorcada del palo mayor del establo a escasos palmos de Pegaso.

Su pecado no ha sido expiado, ha quedado entre ella y su ecuestre amante.

 

 

Imagen: aliciamarcelinamoreno.blogspot.com

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Deshabitados

Publicado: 23/09/2015 17:16 por Fran Ignacio Mendoza en Relatos
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http://www.revistamadreselva.com/

 

Deshabitados

Fran Ignacio Mendoza

Fran Ignacio Mendoza nos relata la historia de dos viajeros rumbo a una región oculta en la memoria  

Por fin Julián y yo, creímos localizar la región, después de mucho tiempo invertido en consultar mapas e inquirir en libros de cartografía, inscripciones obtenidas de   testamentos apócrifos, especular sobre varias conjeturas extraídas de precisas guías para senderistas, estudiar al detalle las referencias del lugar, sorteando localizaciones inexactas, acotaciones diversas que ensombrecían nuestro ánimo, símbolos factibles y a la vez opuestos, tras haber optado por atajos visibles que nos conducían a cruces que daban al mismo origen del trayecto y todos a la postre, falsos indicios. Realmente no tengo ni idea del tiempo transcurrido desde que nos perdimos, si efectivamente éramos conscientes del hecho, hasta iniciar esta errática búsqueda. Al divisar un desolado paraje, empezamos a creer de forma fehaciente en la probabilidad de estar objetivamente extraviados.

Se nos presenta un resplandeciente páramo, desvalidos y muertos de sed y de hambre, buscamos una exigua sombra donde reponer fuerzas. Julián divisa algunas matas que nos indican que alguna corriente debe existir bajo el subsuelo.  Hay que excavar la árida tierra y si hay suerte que mane algo de agua. Pero nos rendimos, la borrasca dificulta la labor y enturbia la visión.

Hay que reposar y si se puede, dormir algo. Nos aclimatamos pegando bien nuestros cuerpos al abrigo de un tronco pelado que sirve de escudo. Ha cesado el viento. Pero nos cubre un manto de rocío que agradecemos porque refresca nuestra piel y principalmente nuestros labios resecos.

Veo como entre sueños que estamos en medio de baldíos terrenos y lóbregos senderos que no conducen a término alguno y siguiéndonos, una manada de alimañas, que sin duda, esperan nuestro abatimiento.

Encuentro un anillo entre la arena, adormilado por la calidez de la temperatura. Repaso la sortija y la reconozco, es la que perdió Laura, una tarde entre juegos y forcejeos en la playa de Gando, frente al pabellón de oficiales, en Gran Canaria. Laura, hija del teniente Miguel Marcos y Desideria, ambos de Valencia de Alcántara y que por destino del militar, residen en la base aérea, menos los fines de semana que pasan en su piso de la ciudad. Otras parejas de oficiales viven allí todo el año y se tiran las tardes jugando al parchís y a las damas. Sin distinguir los lunes de los domingos. Suelen ser las esposas las más aficionadas, absortas en los tableros, mientras los capitanes, tenientes o alféreces, discuten sobre el golpe de estado, valoran la inminente evacuación de Malabo, comentan permisos denegados o se enzarzan a repasar maniobras castrenses.

Es festivo y estoy de permiso. Deambulo por el barrio de Santa Catalina de Las Palmas, esperando que se haga la hora, ya que he venido a comer a casa de la familia Marcos, invitado por Laura, después de mucho insistirme durante meses.

La intención de Laura es dar un paseo por Las Canteras y declararme su amor, pero su timidez y mi desinterés acotan toda iniciativa. En la despedida, en la parada del autobús le doy un beso en los labios exento de pasión, pero sin querer demostrar lástima. Lo reconozco. Sus ojos brillan y se nublan de lágrimas, pero se gira y sale corriendo como una niña. En realidad lo es. Rompe a lloviznar.            

Cientos de cartas me llueven de golpe, las que ella me escribió durante más de diez años, semanalmente, aunque no recibiera respuesta ni de la mitad.

Llovizna y subo a Escaleritas. Es un barrio más humilde, he venido para probar ‘ropa vieja’ a casa de Santi - un compañero de la misma dependencia- . Su hermano está vestido de gata, subiéndose con total soltura por paredes y techos, -¿cómo lo hace? - y Santi me responde como si fuera lo más natural: ¡Ay, godo, lleva ventosas en las manos y en las plantas de los pies!  

Cat Woman, calcula un mal movimiento y cae al suelo… Oigo la sirena de una ambulancia, mientras se suceden prontas disculpas y salgo pitando.

Negro, fuera está todo negro, negro…

Negro es el estandarte que ondea por encima de unos muros gigantescos. Estoy ante unas murallas que se alzan ante mí y choco de bruces frente a una escalinata. Es la fortaleza de la Alcazaba de Batalyaws (1), el reino aftasí en su primera taifa, entre 1022 a 1045, bajo el mandato de Abdallah ibn Al-Afta, cuando su territorio llegaba hasta el Atlántico. Azorado, recorro callejuelas y plazas, rodeado de un enjambre de gente que grita en distintas jergas y regatean numerosos artículos: frutas y hortalizas, cabezas de carnero, baldes con tripas humeantes, telas y especias de múltiples procedencias, barreños con sangre, artesas con ojos de venado, odres de leche de cabra, tinas de hidromiel, talegas de cereales, una miscelánea de olores y cromatismos prodigiosos; de  pronto, alguien me ofrece un libro a cambio de mi brújula, ni he podido responder al trueque y ha desaparecido entre el tumulto con mi preciado tesoro y yo, sin opción, con el libro.

En el lomo del volumen, leo el título, “Éxitus”, y lleva solo unas iniciales, F.I.M, no acierto a comprender nada porque la fecha de edición es de 2016. Reviso sus primeras páginas que aportan una nota bibliográfica extensa y detallada sobre el Libro de los Muertos y El peso del alma. Una hoguera me ciega la visión, y una sombra furtiva me sustrae el libro de las manos, sin poder ver su rastro siquiera…

Una dama desde una celosía me llama con siseos, me arrimo con cautela, y me señala con el dedo índice hacia un portal de la otra acera, mientras me susurra al oído:”Következ? kijárat, menekülni, ne maradj itt…” (2) Niego con la cabeza que no entiendo su lengua. Pero ella sin concesión alguna, echa un telón velado que anula todo enfoque.  De forma inesperada, cientos de abejas surgen de un postigo contiguo y me persiguen calle abajo, corro despavorido mientras un grupo de chavales se ríen de mí y me tiran piedras… Chinas, arena, arena entre mis dedos. Tierra seca.

Despabilo a Julián y le insto a que nos pongamos de nuevo en marcha. Agradezco al cielo que las bestias solo fueran alucinaciones mías en los preliminares de la pesadilla. Si es que ha sido un desvarío causado por la contrariedad y el ayuno.

 Cuando suponemos que hemos avanzado y trato de verificarlo con la brújula, resulta increíble,- además de tenerla consigo- pero apenas hemos hecho la tercera parte del recorrido que estimamos oportuno.

 ¿Días, semanas? No sé cuánto llevamos de viaje. Los pies han pasado las fases de ampollas a heridas sangrantes y de estas a costras que los rasguños de los matojos hacen proliferar nuevas vesículas… Atardece y tras un vericueto camino, nos topamos de golpe con una casa enmarañada por la maleza.

Nos acercamos y abrimos la puerta, que cede sola. Todo está aparentemente como antes ¿cómo antes de qué? -me pregunto-  Entramos a la primera habitación, y la cama está cubierta por una mera colcha veraniega, fría y húmeda. Desplegamos las hojas del armario y allí está toda la ropa de nuestros padres. ¿Se han marchado, han muerto? Huele a humedad y hay mohos entre las baldosas.

La presencia de los padres es casi evidente, palpable, como si estuvieran observando desde alguna sala a oscuras.

Por un momento, les llamamos a voces, repetimos las frases que nos devuelve un eco agudo; subimos al piso superior y recorremos las habitaciones, todas vacías e intactas, salvo un manto de polvo espeso y terroso, como de ventisca.

En el último cuarto nos topamos con una sorpresa extrema, la mitad de la sala está inundada por una cuarta de agua sucia que continúa cayendo por la ranura de las vigas, gota a gota. Pero la cama está limpia, debido al desnivel de la superficie todo el charco se concentra detrás de los pies del lecho, como si estuviera frente a un lago interior. Achicamos con baldes desde la orilla menos profunda, pero resulta inútil, vuelve a su nivel y de ahí no excede.

Se va la tarde y no hay electricidad. En un acto involuntario rebuscamos por los cajones de la cocina hasta encontrar algunas velas y al tantear sobre una repisa, un mechero, las encendemos y nos disponemos a cocinar algo en la chimenea, eso sí, leña hay de sobra y arroz, caducado pero sin bichos.  Esto servirá para preparar algo que sea mínimamente comestible, aderezado con algunas hierbas del jardín.

Después de cenar y preguntarnos todo tipo de conjeturas al vernos así, en una casa abandonada, casi anegada y sin suministros. Julián sube para arreglarnos una cama, le acompaño para ayudarle y porque el relente aterrador te hace sentir más solo aún; es como si la niebla entrase por debajo de las puertas y por las ranuras de las ventanas. De hecho, nuestra piel está helada.

En la habitación que ha escogido,-de las que dan al ventanal exterior- hay un armario con un gran espejo a mano derecha. Hemos pasado casi a oscuras con una palmatoria en la mano cada uno y cargados con sábanas y mantas para vestir la cama.

Al finalizar y a punto de salir, observo que el reflejo de mi hermano en el espejo no es el suyo, me turbo y no sé qué decir, me acerco y le aviso: espera Julián… ¡Mira!

Me aproximo más al espejo y yo no soy yo, ni Julián es él. No lo distingo bien ni llego a discernir que es todo esto, si es un misterio o tan solo un fugaz aturdimiento.

Quedamos petrificados ante la imagen. Cuánto más nos miramos en el espejo, cientos de recuerdos intrusos nos acuden a la mente.

¿Quiénes somos?, ¿por qué no sabemos nada de lo que recordamos? Me asalta el sueño de anoche, ¿quién fue Laura?

En el piso de abajo, se escucha un portazo y el gozne de atrancar con cerrojo. Nos asomamos a la escalera y vemos que ha llegado una familia, un hombre de unos cuarenta años y una mujer muy bella, cogida de ambas manos por dos niñas de entre diez y doce años y un niño menor que se esconde detrás de ella, que entra taciturno y se le nota delicado. Su padre, saca de un bolsillo de su tabardo una cámara y dispara el instante enfocando la entrada del pequeño. Recuerdo ese encuadre, es una vieja fotografía de mi padre. ¿Entonces quiénes somos?, ¿no hemos nacido?, ¿estamos de retorno y si es así, de dónde, desde cuándo?

Nos quitamos instintivamente del balaústre de la escalera. Nos miramos perplejos. No da tiempo a pensar. Julián logra apostarse detrás de una cómoda y quedamos paralizados al reparar que me traspasan literalmente y que no descubren a Julián. No nos ven.

Nada. No somos nada.

Abrimos la puerta principal y nos enfilamos hacia el pórtico del jardín; al traspasar la cancela, amanece y seguimos entre dunas y estepas. Examino a mi hermano y es él y yo soy yo, según me confirma.

Todavía no sabemos si llevamos días, semanas, años, décadas, siglos, perdidos en una inhóspita realidad o en una ficción sin desvelar.

O en el limbo.

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Microrrelatos 2015

Publicado: 09/02/2015 17:35 por Fran Ignacio Mendoza en Relatos
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Habla de la tierra

 

La mujer le hace pasar, el hombre llega tarde como de costumbre.

-          ¿por qué no avisas cuando te retrasas? Me como el coco y empiezo a imaginar cosas raras…

-          No te inquietes, estoy aquí, ¿no?

-          Sí pero ayer no respondiste a mi llamada, ¿no viste la llamada perdida?

-          Claro, pero se me pasó, tuve un día muy ajetreado en el trabajo.

Ella le ofrece una copa de ‘Habla de la tierra’. Se sientan y degustan el vino.

Ella se ausenta al baño un momento y al volver le encuentra respondiendo un mensaje, ¿ya estás con tus juegos?

-          No, no, es un amigo que reprocha que fue su cumpleaños y lo olvidé.

-          Ya…

Terminan la cena y cuando él está desnudándose en el dormitorio, ella aprovecha el instante para mirar su móvil y su último mensaje.

 

-Márchate….-mientras entra a la habitación-

- y ¿ahora qué pasa?

- ¡que desaparezcas!

 

El hombre ya en la calle piensa en el desliz y en la huella que dejó en la copa apurando el vino. Hablando de sus cosas, más distendidos.

Ella mira la copa al recoger la mesa, y besa la huella de los labios   que él dejó aun húmeda.

El hombre piensa que esa huella permanecerá en la copa hasta que el detergente y el agua se la lleve en el fregadero. Será su última huella.

 

 

 

 

Mama Inés

 

-          Ay mama Inés, ay mama Inés, todos los negros tomamos café.

Sabina no sabía si realmente la letra es así, si dice mama Inés o María Inés.

Pero le da lo mismo, lo canta bien alto en la  terraza mientras riega las plantas, el caso es joder a su vecina Inés, años atrás confidentes amigas, pero ahora todo lo que hace es por molestarla, es lo único que le sirve de consuelo después de pillarla in fraganti con ex novio, un cubano mulato, claro, y que acabó con esa taza de café de un domingo de hace dos años ya.

-Ay mama Inés, ay mama Inés…

Sabina, sigue con el estribillo, mientras riega sus plantas en la terraza. Suena el timbre.

De pronto  y por el sobresalto, se enreda un pie con la manguera  y cae desde su 5º piso. Gritando: putaaaaaa!

Una grata sonrisa desde el 4º se mezcla entre gritos de otros vecinos que miran hacia la calle y transeúntes que se acobardan ante la escena.

Inés corre las cortinas.

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Asesino en sueños

FranIgnacioMendoza

 

 

 

Acabo de despertar, he parado la alarma del móvil, porque siempre he odiado las alarmas y sus melodías estridentes, con la gran gama de politonos que hay con  las nuevas apps para elegir un tema, no he encontrado ni uno que me pareciera lo más mínimo adecuado para despabilarse…

Despertar es un cambio brusco, regresar de otro mundo, agradable a veces y otras no tanto, pero es un regreso a la vida y si encima, te repican campanas, tintineos chirriantes, rumores monótonos, zumbidos bacalaeros, máquinas industriales, motores de sierra, pitidos de pajarracos, intermezzos imposibles… Nada.

Para despertar es preferible guiarse por el reloj interno, que aunque falle  unos segundos o minutos es una vuelta natural, que hace que pongas un pie fuera de la cama sin sobresaltos, que te deja bostezar con tranquilidad. Te hace ver la luz poco a poco, dependiendo de la época del año en que estemos, claro. Pero sin duda el despertar biológico es beneficioso para todo, lo he leído en alguna parte, o quizás lo he soñado. No, evidentemente lo he tenido que leer, es obvio, y además es lógico que el organismo se reincorpore  a la rutina del día sin un tímpano ensordecido, o un flash inesperado. Una trompeta celestial en si bemol, o una obertura wagneriana impetuosa. Nada.

Lo mejor es nada. El silencio es el mejor estímulo; me río al escribir esto, recordando las veces que he cambiado de casa, precisamente huyendo de los pequeños ruidos cotidianos ajenos, bueno, a veces no tan pequeños ruidos, taconeos presurosos a las 6 de la mañana o a las 3 del mediodía… Muebles arrastrados a cualquier hora, risotadas, voces, golpes…; las sillas, ese odioso arrastre de las sillas hacia la mesa, y después al recogerlas hacia dentro… No puedo con ese tipo de ruidos que hacen que reponerme a la consciencia  o mi acceso al sueño sea incordiado por Godzillas con tacones de aguja, brujas barrenderas y cacatúas  que cotorrean como bestias recónditas.

Hay una fauna inimaginable en las ciudades, vecinos del 5ºo del  3º, que no saben vivir sin golpear y deslizar todo lo que hay por la casa. Una lista interminable de cucarachas con ballenatos a deshoras, señoras con los gemelos más desarrollados que un ciclista de tanto subir escaleras y caminar todo el día mientras están de pie con tacón alto o las que corretean como geishas y las que  trotan como jacas, a veces, es como si hubiera una cuadra de mulos en los  pisos de arriba. Un escuadrón de artilleros preparados para el ataque, un enjambre de avispas zumbonas a media tarde, una tamboreada futbolera que te anuncia, quieras o no, que hoy hay partido, una chiquillada vociferante de camino a la escuela , como pequeños aprendices de sus padres, que no hablan, no, chillan, graznan, bufan como becerros, lloran como posesos …

 No hay humanos en las ciudades cuando estás en este tipo de situaciones, al contrario, parece que te has metido en un cine en 3D, y te están obligando a mirar y escuchar una película que no te interesa en absoluto- como le ocurre al protagonista de La naranja mecánica- , que jamás irías a ver ni aunque te regalaran la entrada. No, no irías, pero se impone, te empujan hacia la sala abarrotada de parejas hastiadas, de solterones desquiciados, de marujones en grupo – haciendo homenaje y una versión actualizada de la película de Pedro Lazaga “Las amigas” de 1969, que protagonizaban Florinda Chico, Teresa Gimpera, Julia Gutiérrez Caba, Sonia Bruno, Mónica Randall y Luisa Sala entre otras actrices y otros actores - sin ser consecuentes de su realidad, que son una caricatura de sus pasados, unas señoras bien cuidadas que se atiborran de palomitas, cocas-colas y aguas, mucha agua. Son las representativas del estruendo  y ya  en la intimidad de cada una de ellas, todas enganchadas - aparte de estar siliconadas, ser adictas al láser e incondicionales del botox y el ácido hialúrónico -, a su dosis diaria  de diazepam, lorazepam, alprazolam, lormetazepam, flurazepam….  Y algunas, las que sufren severas crisis de ansiedad y fobias  hasta de haloperidol. Entre ellas se  recomiendan los tranquilizantes y narcóticos como las que se detallan recetas del Hola, o las que se entusiasman probándose modelitos en una boutique, como citarían “Las amigas” de los 70.

Una cosa que quiero aclarar antes de que se me olvide, es que no soy nada misógino, he comparado a los loros femeninos alborotadores, como podría hacer una lista inmensa de gansos masculinos rugidores, machitos súper musculados  y sin neuronas, colegas de trabajo o burros con orejeras, conocidos cerriles que ni con cucharón entienden nada, cabestros en panda con banderas de sus equipos que no ven más allá de sus narices;  maestrillos repelentes que siempre sientan cátedra en sus opiniones o los fanfarrones tertulianos que además se permiten levantar el tono de voz, creyendo sin duda, que están causando ejemplo y luego están los ases de la pedantería que no serían capaces de considerar la ridiculez o presunción que acaban de afirmar de forma rimbombante, eso sí, haciéndonos partícipes -todos ellos- a los pobres que hemos ido a topar  con semejantes especímenes aún no en extinción.

Ahora que viene al caso, recuerdo cuando me fui a una urbanización cerca de Palma, buscando armonía, huyendo de los taconeos matutinos y de las obsesionadas en la pulcritud y devotas de la bayeta. Y voy a dar  -ya es mala pata-  con un una pareja que vivía en un bajo y yo en el primero. Ella era una señora ciclotímica y él un vampiro de la noche, algo increíble y certifico que  no exagero, se levantaban a mediodía, y no porque fueran adolescentes, no, que andaban cerca de los sesenta años, y ya empezaban sus tareas como las tortugas poco a poco. Se ponían en marcha a partir de las 11 o las 12 de la noche, el trabajando siempre en no sé que, pero martilleando, clavando puntas en la pared, montando  muebles y desmontando otros; a veces salía por el jardín con una linterna en la frente a modo de minero y entraba trastos en casa que luego recomponía. Su jardín parecía una chatarrería. Ella le hablaba bajo pero era como oír a una cigarra a medianoche, él cuando abría la boca, cosa que hacía bien poco, era como escuchar a un canónigo amplificado, con luz de extraterrestre en la cabeza y  mono militar.

El ritual era semejante todos los días sin excepción, hasta que  gradualmente se agotaban y cesaba el proceder del cuarto de martirios, a veces a las 4 de la madrugada y otras, magnetizados en su quehacer a las 5 o más…

Os juro que aquello creí que era un castigo divino o no, pero si una condena por haberme quejado tanto de los anteriores vecinos. Harto de ser el insomne de la Osa Menor - nombre de la calle- me vi obligado a  poner denuncia, después de haberles avisado previamente que yo me levantaba a las 6 para irme al hospital, cuando había trabajo en sanidad… Pero hicieron caso omiso a mis educadas peticiones de que procurasen no hacer ruidos después de las 12. Total, denuncia a los 10 días de aguantar esa tortura, -recuerdo que ni un orfidal me servía para desconectar – de zumbidos , berbiquís, impactos, golpes en la pared, traqueteos de estanterías… Una película de terror esta vez. En 3D y con sonido Home Cinema.

 Me fui al mes de la mudanza a otro lugar, y otra vez lo mismo. Pareja con hijos que no eran niños, eran criaturas del averno, corriendo en patinete por el pasillo, saltando en el sofá o en el suelo, rechiflando con la videoconsola , pelotita por aquí, balonazo por allá, y la madre ausente donde las haya, frente a la tele viendo toda la programación después de acompañarlos al colegio y hacer todo tipo de corrimientos de muebles fregoteando…Pero no todo era eso, hasta el chorro de la micción del papá tenía para inaugurar el día, aquello no era forma de orinar un hombre , me figuraba un caballo evacuando en un estanque ,ese era mi despertador a las 6:30 de la mañana.

El caballo y luego los monstruitos con la mamá detrás, como la gallina con sus polluelos, sin darles un toque de atención. Así salen luego los jóvenes, si no reciben normas de conducta en casa, ¿cómo van a tenerlas en la calle?  Pero ese es otro tema…

En los momentos más críticos he tenido deseos de subir o bajar y ser como un terrorista, tirar la puerta que encierra a semejantes seres y aniquilar o fumigar como si de una plaga de insectos se tratara. Cualquier veneno hubiera servido.

Esos deseos asesinos me asustaban al principio, pero después de haber sufrido todo lo anterior y más que no cuento para no aburrir, no me sentía para nada un asesino impotente, sino más bien un ángel exterminador, un depurador de la raza inhumana, una víctima que se defiende ante una agresión. Sé que pueden pensar que soy una especie dictador, un descerebrado o un insoportable soltero maniático del sigilo. Pero el tiempo me ha dado la razón.

Sé que somos muchos los asesinos en sueños, los cazadores de alimañas, los que hemos ideado formas, métodos para finiquitar  el problema, técnicas encauzadas a reparar malos  hábitos, estratagemas viables para que abandonen sus guaridas. Trampas. Locuras sí, mucho maquinar y reproducir instantáneas mentales, pero al final, la única opción es irse de la casa y esperar que la próxima por fin sea el lugar ideal, al menos que haya paz.                                               Silencio. Y que puedas ser dueño de tu descanso y de la hora en que pones en marcha tu alarma –tu vida- o despertador natural.

Menos mal que en esta casa el único sonido que me acciona y que ya me toca un poco los cojones es el ulular de los búhos, parece ser que esta zona es un hábitat ideal para estas aves esquivas y pesadas. Pero no es comparable con todo lo anterior.

Ahora me reaniman los búhos, al menos  ellos ignoran si hay otros animales que duermen aun, y por ser animales se les perdona.

 Ésta es una casa solitaria, en un callejón sin vecinos ni  arriba ni al lado, eso es un puntazo, la pega es que es fría y húmeda. Nada es perfecto del todo.

Nada.

 

® © CasaEolo/Fran Ignacio Mendoza

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