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Nuevo libro editado por Ediciones Vitruvio, 2019.

Con prólogo de Faustino Lobato, gran estudioso de mi obra y por tanto,

trata y desmenuza cada poemario seleccionado con mimo y total dedicación-admiración. Gracias a Faustino, por ese prólogo tan especial.

Esta antología es el resultado de los poemarios que se editaron entre 1999 y 2012, y que poca gente conoce. Ahora es el momento de repasar, al menos, los peomas de cada uno de ellos, que yo mismo seleccioné.

También se incluyen los primeros inéditos: Preliminares, así como los últimos, de 2018, que no destiné a proyectos en marcha.

Todas los libros que hemos leído, todas las películas que nos marcaron, todas las canciones que nos hicieron llorar, todo ello, está dentro de este abismo, personal y poético.

Fran Ignacio Mendoza

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     Final e inicio -El nexo constante-

      Es Fran Ignacio Mendoza un poeta de mundo, de experiencias vívidas que se han clavado en su alma, dando como resultado una poesía de sentimientos reales que no deja indiferente al lector, contiene su verso un don filantrópico que nos ayuda a pasear por el poemario desde el inicio y hasta el final, nos agasaja fraternalmente con su palabra, honesta, cálida y sincera. Si bien, final e inicio, es un poemario que muestra la realidad, tal cual es, a los ojos de un hombre que ha compartido muchos tomentos ajenos, que se ha convertido en el hombro amigo y hermano de los desconocidos que tuvieron la suerte de cruzarse con este poeta grande, es también este poemario un ejemplo de poesía versátil, curtida en los pasillos de los hospitales, tan pronto hostil como afectuosa, es metapoesía, con la que el autor nos quiere hacer más amable el destino que a todos nos espera algún día, es erotismo que nos calienta las carnes y nos deja la certeza de sentirnos vivos, es poesía cuántica que nos hace tomar conciencia universal sin ningún tipo de ambición, es amor honesto que nos acaricia el corazón y nos seduce por completo, es en definitiva poesía pura y viva que hay que leer una y mil veces para sentir que la vida es lo que hay entre el final y el inicio, y no tenemos que sentirnos vacíos mientras llenemos ese periodo, al igual que Fran, de pasión, y quien sabe, si después del final de lo conocido no nos espera el inicio de algo nuevo, cosa para mí sin importancia mientras pueda disfrutar del Arte de nuestro poeta extremeño,.

            Dijo el gran García Lorca: “La poesía no quiere adeptos, quiere amantes”. Y ese es Fran Ignacio Mendoza, el amante perfecto de la noble y promiscua Poesía, que solo se deja hacer por los hombres y mujeres de Alma grande, como es nuestro Amigo y Hermano.

 

Manuel Díaz García, poeta.  Galdar, Gran Canaria.

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Valoración sobre “FINAL E INICIO –EL NEXO CONSTANTE-”     (de Fran Ignacio Mendoza) por Agustín Luceño Mardones

Ha pasado más de un año desde que leyese por vez primera “Final e inicio-el nexo constante”. Cuando lo releí descubrí facetas nuevas y hallazgos en este retrato poliédrico de la naturaleza humana, cuando se enfrenta a un posible final, que no es tal, pues ya el título apunta al nexo con la vida que se renueva. Un tema difícil de encarar para muchos autores, personas en definitiva...

Este poemario, ilustrado por Carlos Danús, podría considerarse el diario voraginoso de una enfermedad y un renacer.

Entre la prosa poética y el verso libre, entre la descripción de los hechos y sentimientos, Fran Ignacio Mendoza va deslizando pinceladas oníricas, que elevan al lector más allá de lo cotidiano.

Con un lenguaje contemporáneo, que a veces quizá denote su profesión sanitaria, pudiera parecer que desgrana sus vivencias como paciente, al hablar en primera persona. Sin embargo, en realidad da voz a muchos que ha conocido dentro y fuera de los ámbitos hospitalarios, poniéndose en su piel y mezclando las experiencias ajenas con las propias. En esta doble faceta, me recuerda al centauro Quirón, el sanador herido, que bien pudiera continuar la estela mitológica de su anterior libro (“Ritos pánicos”).

En ciclos de muerte y vida, de depresión y gozo, hilvanados por un “nexo constante”, el autor nos muestra universos personales y secretos.

En medio del dolor y del caos, asoman versos de amor y consuelo. No parecen éstos una solución meditada ante la angustia, sino la espontánea confesión de lo visto y vivido, que el poeta comparte con el mundo.

 

                                      Agustín Luceño Mardones

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Reseña de  Circuito integrado de un tripulante prófugo

de Fran Ignacio Mendoza

 

Dejándome llevar por el autor me he sentido viajar sin rumbo por entre las sombras de Blade Runner y su misteriosa atmósfera con los ritmos sinuosos y eléctricos de Bowie de fondo; y sin saber muy bien hacia  dónde iba he atravesado los frentes de Sarajevo y Morocco notando cómo a medio camino entre la narrativa y la poesía  me iba hipnotizando con su andadura, su cadencia, sus pausas, erotismo y las múltiples referencias a clásicos y mitos de aquellos maravillosos años. Ha sido este mi primer encuentro con un escritor que espero siga sorprendiéndome.

 

Javier Arnaiz Paradinas

Valladolid, 2019.

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Fran Ignacio Mendoza, muestra en su obra "Circuito integrado de un tripulante prófugo", un verso maduro, analítico y punzante con un vocabulario muy cuidado y medido.

Todo el poemario trata y analiza las relaciones interpersonales, la identidad del yo:"Hay un inquilino/ en mi corazón/cobarde y astuto/auscultando mis latidos", y la decadencia del modelo social, la miseria desde la belleza con esa visión futurista, cibernética, deshumanizada: "Los hombres tenemos dos cuerpos/ este que mostramos / y el que apenas desvestimos".

Por supuesto, no piede evitar esa influencia de Generación del 27, ¿tal vez Salinas o Cernuda?en su preocupación por la identidad, el tiempoy sus dimensiones vitales: " Siento que no soy mío/que no sé hoy quien fui, ni quien soy". Y su esperanza al amor: " si estás mañana/si pones el candado/si no me das la espalda/si dices lo que piensas/si el tacto lo traduce.../Será". Inclusoa veces un excelso erotismo: "Un beso/ un segundo/más largo que un río/una tormenta, una galaxia/ Solo tu caricia/nunca/nunca/nunca/niega la orquesta/que dirige este desajuste".

 

Enhorabuena, poeta.

 

Dioni Pascual, Almería.

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Portada original de Ángel Castanyo. Óleo, modelo Fransilvania.

 

Fechas "Tour Circuito 2019"

1ª parte:

22/03/19 Casa de la Cultura, Orellana, Badajoz.

30/03/19 Aleatorio, Madrid.

05/04/19 Librería Tusitala, Badajoz.

24/04/19 La Luna. 19 h. Albacete.

25/04/19 Ítaca,20:30h. Murcia.

26/04/19 ACAS Space Art. 19:30h.Elche.

27/04/19 Valencia Café Artysana, 21.30h. Ruzafa.

14/06/19 Palma , Equilibri Café i Art. 20:00 h.

 

Fotografía Dioni Pascual.

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Circuito integrado ® de un tripulante prófugo

 

Introito:  

 

Bienvenidos a las colonias del mundo exterior

 

Cuando uno ha sido siempre un replicante y  ha adoptado miles de formas para agarrarse a la vida, llega un día en que no distingues tu verdadero ser del soldado que ha sido entrenado para llevar a cabo una misión concreta y no reparas en la irrealidad  de la última identidad encarnada. Tu esencia manufacturada es una contrariedad. Un día lo descubres y resulta un galimatías mental.

Estás en un letargo intervenido por la Corporación Galáctica. Un drama donde no quisiste entrar, que nos lleva a confundir la calma con la sedación controlada.

Esto nos sucede desde hace siglos a toda la legión de Nexus, que hemos ido sorteando nuestra fecha de caducidad, cambiando de identidad, inventándonos modos y estratagemas para poder ser, o  parecer,  mínimamente un mortal.

Fransilvania, no sirvió para despistarles, es pieza significativa en buena parte del desvarío que relataremos:

 

Fransilvania.

 

La última vivencia que recuerdo, antes de pasar a reservas en un planeta deshabitado, es la que da comienzo a esta carta de navegación poética y que me sitúa en un lugar concreto de la historia: Base de Gando, Gran Canaria, España, 1981. El intento de golpe de estado y todo cuanto sucedió instantes previos al suceso. Un imberbe soldado en el pabellón de oficiales, entre donuts y queso majorero, primeros textos y amistades humanas sin levantar la más minúscula sospecha entre los mandos.

Otras manifestaciones de vida anterior se suceden en micro ensoñaciones,  como flashes en la noche: las noches oscuras del alma en  el Medievo de Centro Europa: un monje de la Orden del Temple, perdido en la Selva Negra. Una ráfaga de metralleta me sitúa en la Segunda Guerra Mundial, o enfangado hasta el cuello en pantanosos paisajes infectados de japos.  Un cátaro perseguido por tropas de fieles a la Iglesia de Roma, refugiado en los Balcanes…

En la despedida entre  Alejandro y Hefestión* fui el nómada armenio que les vio llorar a escondidas. Cuando Jesús* bendecía la última cena, yo era un sirviente más, agazapado y cómplice de Judas*.  

Cuando la tierra era una bola celeste avistada desde nuestras naves, solo divisábamos formas de vida animal. Enormes y caóticos dinosaurios en amaneceres colmados de luz dorada. Vimos caer meteoritos durante meses, años, décadas; la verdad,  no lo sé, porque nunca he sido consciente del paso del tiempo. Pero todo quedó destruido.

Amanecí en una casa sin muebles, llena de muñecos articulados, autómatas y varios equipos de transmisión con códigos quiméricos, imposibles de interpretar para poder accionar el paso siguiente a un futuro inmediato.

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En distintos grados de intimidad el poeta extremeño Fran Ignacio Mendoza, alter ego de Fransilvania, ofrece una nueva entrega lírica, la duodécima, titulada "Final e inicio –el nexo constante–", editada por Tau Editores. Una más a su dilatada trayectoria, pues, desde principios de siglo, su prolífica escritura está dejando una buena cosecha de títulos, de entre los que cabría destacar: Las palabras justas (2012), El lenguaje interior (2015) o Ritos pánicos (2017).

 

En nuestros días, es raro no ver identificado en un libro el compromiso con la existencia. En este caso, y de un modo especial, el sujeto poético, en su precariedad, trata de unir vida y muerte en un hilo o nexo, o mejor dicho, lo que vuelve a emerger después del final. Acaso si aceptase su destino, hallaría el amor –única coraza y exclusivo sanador–, el deseo por el otro y su correspondencia. Entonces, lanzaría preguntas sobre la existencia a sí mismo que, lejos de diluirse en el aire, serían llamadas que buscan lectores. Pero la incertidumbre se cruza en el camino. Y es el inconsciente, fruto de ensoñaciones, el que camina alegre, sanado. Nada es gratuito en Final e inicio –el nexo constante–; todo es doloroso, hondo.

Desde el equilibrio de la creación, Fran trata de romper las normas del verso, a veces, con un lenguaje técnico (correspondiente al ámbito sanitario) aunque, en muchos términos, sobradamente conocidos por todos. En esa fractura reconocemos un filo irreverente. Así, se explicaría la pensada estructura del libro y el empleo del verso libre.

Son varias las vías que cruzan el libro, pues el proceso clínico se ha superado. Como en los anteriores libros de Mendoza, Final e inicio se muestra como un todo unitario: ingreso y alta del sujeto. Así, actúa como apósito al sufrimiento y al desconsuelo, y, al mismo tiempo, como hoja alegre agitada al viento. Y, desde un punto de vista intertextual, conectados con otros textos del propio autor (págs. 9 y 49).

 

Como contrapunto a los conductos alienados de las gélidas salas de los hospitales, el amor recrea un espacio simbólico de ilusión. A propósito, deja escrito Jesús Manrique en el epílogo (p. 93): es ahí donde el poemario tiene su mayor cualidad, en ese confundir entre lo real y lo deseado, entre lo real y lo deseado, entre lo que no está y es ausencia o forma parte de nuestro imaginario.

La luz será, entonces, una incontestable incertidumbre encargada de alumbrar ese trayecto, e igualmente se muestra en su opacidad al ejemplificar la mala hora («en las horas negras»): «Desorientación en los ingresos / y en las despedidas no esperadas».

El ritmo del poemario se concentra en los guiños al lector, a través de repeticiones de palabras, e incluso, mediante versos, en poemas contiguos o cercanos («El trayecto de vuelta / escolta los biorritmos»), en la sugerencia que provoca el empleo de vocablos pertenecientes a los campos semánticos sanitario y existencial y también en lo que elude, en lo que no hace falta explicar porque está presente en la mente de todos. Así, se pone en la piel de otros, en «Gastroenteritis»: «Me harán un cultivo / para determina / qué bacteria persiste / en mi vientre descompuesto». Para terminar con el verso brutal del existir: «En la suela de los días pasados».

La elección de la primera persona por parte del autor es reveladora de que la experiencia vivida o imaginaria tiene una base real. Pero la seriedad también da lugar a la broma, al divertimento como una manera de quitar hierro al asunto. En esta línea, debe destacarse el poema titulado «Analíticas y vampiros», donde la comparación establecida hace que lo experimental trascienda y los lectores lleguen a compartir el mismo miedo que siente el sujeto a las agujas en una extracción de sangre:

Las analíticas en ayunas

recién caídos de otra esfera.

Siempre

presiento a Nosferatu

aferrado a mi antebrazo,

insaciable de hemoglobina,

leucocitos y plasma.

 

Hay un punto donde las palabras horadan, al unísono, la esencia del ser y la propia finitud. Entonces, las palabras de la infancia o de la primera juventud, al compararse en el tiempo, son envueltas por una pátina de óxido; en cambio, las hirientes, las más duras, y, en forma de elipsis, dejan en silencio al sujeto, acaso a quien ha recibido una noticia terrible pronunciada por un médico y deja de emitir señales quedando el estremecedor mutismo: «Todo palidece / cuando las buenas palabras / se tornan en jabalinas» (en el poema «Las buenas palabras, ahora»).

Como buen caminante, el sujeto trata de apresar las palabras más relevantes, incluso las que fueron condenadas por la culpa. En ese esfuerzo por descifrar a qué le conducen y dando tumbos, mutando a lo largo de una jornada cualquiera, nos lanza la vibrante pregunta en el último verso de «Gramática exudativa»: «¿Somos nosotros al final del día?».

Al haber resuelto el dilema con las palabras, el poemario se abre abiertamente y, sin pudor alguno, al deseo, al sonoro pálpito, incluso al momento experimentado después de la entrega que sigue latiendo, como puede leerse en «Gramática exudativa I»:

 

Hace un segundo

que la maraña de tropiezos

me segrega

sustantivos en sábana,

un cauce imparable

que no aminora tensiones […]

 

Desde una alteridad reveladora, el yo se aloja en el paciente, en los familiares, en el enfermero, incluso en las mismas paredes de la sala hospitalaria. Desde el yo-sujeto, el yo-personaje al yo-objeto. Un yo que se pregunta, un yo consciente, un yo en tránsito, un yo que necesita ser querido, un yo que se siente aliviado, un yo que sale consolado... Esta multiplicidad de personas que adquiere el sujeto adquiere el sentido de una visión compleja ante un padecimiento o posible enfermedad. Un yo transmutado en pluralidad, tras un proceso de desvelamiento onírico, en un nosotros, justo cuando el poemario adquiere su visión más crítica: «Nos acomodamos a la sombra del autoengaño». Aunque, por otro lado, sea lógico, que «El temor a extraviarnos en la luz / y pasar a otro mundo es evidente» (en «Gramática exudativa III»).

El tono elegíaco se va aminorando para dar paso al apartado más lírico, donde la contención expresiva, las connotaciones y las elipsis verbales provocan imágenes visuales muy potentes, creadas por Mendoza casi inconscientemente, como fruto de asociaciones oníricas, o acaso, influidas por la devoción a la pintura, e incluso algunas influidas por la huella cinematográfica. Los surcos del arte se reflejan en varios de estos poemas: en la pintura, en el cine, en la música y en la literatura. Baste como muestra estos versos pertenecientes a «Equidistancia universal III»:

 

Somos estelas en el universo.

 

Carne sin destino

macerada en el mar.

Orilla sin arbustos,

penumbra orbicular

camino a la incertidumbre.

 

Sal en los labios.

Soledad de puertos

y de espinos

en las fronteras.

 

Estelas rutilantes

de los sueños.

 

En esa indagación dual del ser, en ese internamiento a través de múltiples personalidades, el sujeto se inclina al temblor de unas manos conocidas, a la emoción de un ser cercano. No es simple constatación de la realidad, sino de una tensión que la renueva y es transmitida en esencia. Tan fácil como una pequeña muestra de cariño para calmar y curar al enfermo: «Entras, / me acercas de nuevo el agua / y me sonríes», para terminar diciendo del amor que en el emocionante «Es la magia que nos construye» («Detonación interna I»).

No se puede prescindir de la dualidad de la vida, de la visión plural, de la quintaesencia del ser. El poeta cacereño enfrenta al lector a la cara y al envés: la enfermedad y la sanación. El regusto a hiel de la primera parte aparece cuando el lector no le queda más remedio que acercarse a enfrentarse a la enfermedad a través de pruebas. Conforme avanzamos por el poemario, nos embarga la melancolía de quien se enfrenta a la más cruda realidad, mostrándonos el ciclo de un ingreso clínico. La naturaleza recuerda, desde un modo crítico, la visita de los familiares o conocidos y el mimo necesitado de la madre en la imagen del vaso de agua («encontré la llave / y el cuenco de agua fresca / que mi madre me servía»). Lo que recibe el sujeto de los demás, su carga genética. Las ensoñaciones irán dando paso, en los poemas que cierran el libro, a la «restauración», a la V, entendida como alta. Y a través de la llama de amor viva, el sujeto enfermo, tras la anestesia o una ensoñación, abre los ojos, sana («Ahora lo haces tú / y me despejas»).

Fran Ignacio Mendoza ha conseguido emocionar, de nuevo, con Final e inicio –el nexo constante–, en un ejercicio de honda introspección del ser, y en ese reconocerse en el otro mediante sugerentes imágenes. Una invitación para conocer de primera mano y perder el miedo a los dos ángulos de la existencia, y en la aproximación a la muerte, la esperanza de la cura.

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https://elcamaleonfatigado.wordpress.com/2018/10/28/fran-ignacio-mendoza/

Poeta y gestor cultural español, oriundo de Orellana la Vieja (Badajoz).

Ha publicado doce poemarios, entre estos: Terminal Babilonia/En aras de un susurro (1999).  Las palabras justas/Pequeñas grandes máximas (2012) – La eternidad efímera (2012). El lenguaje interior (2015). Autopsia de la realidad (2016). Ritos pánicos (2017)

 

“Al leer los poemas de Final e inicio – El nexo constante, el flamante poemario de Fran Ignacio Mendoza, vemos que tienen la capacidad de hurgar en los miedos recurrentes. Están construidos usando como punto de partida nuestro miedo a la enfermedad y a la muerte, algo no abordado por el poeta en obras anteriores, también a la vida y sus pretensiones como parte de un ideario que remarca la determinación clara de Mendoza de adentrarnos en sus intereses emocionales.”
La Galla Ciencia, Jesús Manrique.

La vida y la muerte

 Final e inicio consecutivo en toda forma de vida, todo organismo y toda materia. El nexo constante entre la vida y la muerte. La inextinguible rueda que no cesa, el ciclo del agua y de los seres que pertenecemos a ella y sin la cual no existiría este mundo. La unión entre lo que nace y lo que expira, el tratamiento a un síntoma que perjudica al organismo y la posible solución. Nexo entre lo sano y lo enfermo. Comunión intrínseca entre lo humano y lo vegetal. La química y el curso natural de los procesos. La muerte y, como consecuencia, la equidad y la impostura rayana en ocasiones a la ignominia, en coyunturas intransitivas y en derroteros que originan desajustes. Da lo mismo que el sol se apague y que la luna se opaque, en esta temible coalición, lo más cercano infiere más.

Aunque estés herido, aunque ya no estés.

 

Expansión
(poema en cinco partes)

 

I

 

Hace un segundo

que la maraña de tropiezos

me segrega

sustantivos en sábana,

un cauce imparable

que no aminora tensiones

ni reduce códigos

que mantenemos vedados.

 

Prosigue el sonoro cauce.

 

Hace un río que espero.

Hace un siglo que nieva.

Hace apenas una hora

que soñaba con tu beso.

Me parece un torrente

de tiempo-espacio

que se apodera de todo.

 

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Cubículo -microrrelato-

Publicado: 11/08/2018 14:05 por Fran Ignacio Mendoza en Relatos
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Cubículo –Microrrelato-  Fran Ignacio Mendoza

 

Roberto Díaz Cortés, fue detenido en Tánger en abril de 1977, por posesión de hachís, cuando se encontraba pagando la factura de su estancia en la recepción del hostal.

No se resistió.

Desde entonces había tenido sueños recurrentes sobre el incidente, que no pasó de estar dos días en el calabozo municipal, hasta que la embajada española se hizo cargo de su situación. Pero el miedo que pasó en aquella sala sin ventilación y a oscuras, con la compañía de un arrestado anónimo y del que solo escuchaba los ruidos característicos de un morador temporal en la misma habitación, en la cama contigua, del que podía sentir su aliento, pero que jamás pudo ver. Ni pudieron dialogar.

 

Esta mañana- sabe que es de día, por una rendija de la caja por donde entra un fino hilo de luz, como una aguja que incluso hiere a la vista, en ese estado de oscuridad permanente- . Roberto se resistía en la caja, sin poder articular palabra alguna, estaba amordazado y atado de pies y manos.

La caja era extremadamente pequeña: 1,05 x 70 x70 cm.

Despertó ahí dentro, después de irse a dormir como cada noche a las 23:30. No podía recordar el tiempo que llevaba en esa posición, solo que las articulaciones estaban adormecidas y que además del roce de las cuerdas, sin verlo, notaba que le sangraban las muñecas y tal vez, los tobillos. El dolor era tan intenso en todo el cuerpo, que a veces perdía la conciencia durante minutos, supuestamente por la falta de aire.

 

Un abrir de persianas, como un foco blanco, le sacó de su agobio: seguía en su postura, ajustada al tamaño del cubículo.

Abrió los ojos y casi lloró de alegría, algo desconcertado, al comprobar que todo había sido otra pesadilla. Sonrío a su mujer y se levantó como cada día.

En la ducha y, para su asombro, vio con aturdimiento, como corría sangre por el desagüe, proveniente de sus miembros amoratados.

Perdió el sentido. Y el impacto de su cabeza contra la esquina inferior del cristal de la mampara hizo que este se partiese, formando un ángulo ensangrentado, con tan mala suerte que una arista le seccionó la yugular.

 

Después, regresó a la caja.

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